miércoles, 13 de julio de 2011

"Claus y Lucas", de Agota Kristof


Agota Kristof es una escritora de origen húngaro, país del cual escapó junto con su marido e hija recién nacida a los veintiún años, en 1956.

Y mucho de ella hay en esta admirable e impactante obra, profunda y, a la vez, de muy fácil lectura.

"Claus y Lucas" reúne en un volumen tres textos publicados inicialmente por separado. Y el resultado es algo más grande y pleno de sentido.

Leídos individualmente, "El gran cuaderno" es un sorprendente y muy interesante cuento cruel y amoral sobre la guerra y los efectos en las personas, una colección de ejercicios de redacción escolares que sin necesidad de juicios morales, simplemente con una sintaxis elemental y un vocabulario preciso y objetivo evidencia el relativismo, la hipocresía, crueldad y deshonestidad de una sociedad sometida a una situación extrema.

"La prueba" sería un meritorio y convencional retrato de un pueblo que, sin poder recuperarse de la pérdida de valores que produjo la guerra, es sometido al absolutismo comunista que embota los sentimientos y afanes individuales. 

Sin referencias previas "La tercera mentira" no tendría sentido, la fuerza de las metáforas se diluiría, la delicada demostración de cómo la literatura se nutre de la realidad en el proceso creativo se perdería, y tal vez únicamente se entendería el papel del arte como medio de evadirse de una realidad insoportable. Su razón de ser es completar, explicar y rematar lo anterior.

Los tres textos forman una unidad. Y así deben ser leídos, conjuntamente y en orden, para que se puedan comprender plenamente el sentido y todas las intenciones de la obra, la profundidad de sus significados, y apreciar una estructura que evoluciona y agranda, se enreda y enriquece, con cambios de puntos de vista, saltos temporales y alternancias entre sueño y realidad.

Una explicación de porqué se publicaron a medida que iban siendo escritos sería que esta historia fuera creciendo y obsesionando a la autora, que los personajes la persiguieran reclamando y exigiendo que viera las posibilidades y aprovechara para saldar cuentas propias. Y el fruto de esta lenta decantación es una novela sencilla, hermosa en su brutalidad e impiedad, abierta a interpretaciones y que denuncia las injusticias que se han cometido en Europa en buena parte del siglo XX.

Más información sobre: "Claus y Lucas" y Agota Kristof

miércoles, 6 de julio de 2011

"No es elegante matar a una mujer descalza", de Raúl del Pozo


La Barcelona del siglo XX ha sido escenario de más novelas que Madrid. Si no de más sí de mejores. Barcelona es un personaje más complejo y atractivo, sobre todo como decorado para una novela negra. Como excepcional (no de bueno, sino de escaso) ejemplo de novelas policíacas con Madrid de marco, en algún sitio se citaban las "inencontrables" novelas de Raúl del Pozo. No se ha perdido nada irreemplazable.

"No es elegante matar a una mujer descalza" es poco más que el fruto de una apuesta o sugerencia arrojada por un amigo editor, o el meritorio trabajo final de un taller literario. Una novelita, pequeña no por su calidad literaria sino por sus pretensiones, no tanto por el resultado como por su concepción. Bien escrita, es una idea sencilla, básica, poco trabajada y esquemáticamente desarrollada, agarrotadamente ortodoxa y rigurosamente fiel a las reglas del género, sin errores pero tampoco aportando alguna novedad.

Sí se ve esfuerzo en presentar unos personajes, arquetípicos y nada originales, pero bien definidos y lamentablemente dilapidados. A partir de ahí, vueltas y vueltas a una historia simple hasta lo ridículo que únicamente cuenta con dos elementos particulares, la distancia temporal entre la comisión del delito y su descubrimiento, excusa fallida para revisar un momento fundamental de nuestra historia reciente, y las peculiares circunstancias en las que es encontrada la víctima, las cuales van a tener una explicación vulgar.

Aparte de esto, el argumento no tiene interés ni mérito. Marear la perdiz, sirviéndose de alguna trampa, durante unas ciento cincuenta páginas para retrasar una resolución que se hubiera logrado con sólo agilizar un par de trámites policiales.

Si la historia no justifica el empeño de escribir, y menos aún el ánimo de leer, sólo quedan dos motivos, lograr un ejercicio literario de calidad que pueda ser disfrutado y ser reflejo de una época relevante e ilustración de una ciudad. Sobre lo primero, destaca la precisión y austeridad de Raúl del Pozo, y su disposición a homenajear el argot judicial y policial.

En cuanto a la relevancia de "No es elegante matar a una mujer descalza" como testimonio de la Transición, lo que debería ser su mayor mérito se queda en oportunidad desperdiciada. Veinte años después, todo se reduce a una enumeración de recuerdos, apenas pinceladas, impresiones manidas sin ninguna profundidad.

Y doblemente desaprovechada queda Madrid, apenas esbozada en los dos momentos en los que transcurre el relato. Esto no puede ser un ejemplo de novela sobre Madrid.

jueves, 30 de junio de 2011

"Versiones de Teresa", de Andrés Barba

Dos palabras, fundamentalmente, surgen después de leer "Versiones de Teresa", novela con la que Andrés Barba ganó a finales de 2005 el XVI Premio de Narrativa Torrente Ballester y que publicaría en 2006 la Editorial Anagrama; riesgo y exceso.

Como un exceso se puede entender la altura de las pretensiones y el riesgo de fracasar ante el nivel de las cuestiones tratadas, la sensibilidad, la inteligencia, la normalidad, la enfermedad, la cual traspasa los límites del texto contagiando a las palabras y alterando su significado, o el diferente modo por parte de hombre y mujer de afrontar el amor o simplemente el sexo, como imperioso deseo o como afán de conquista, como dominio o como posesión, como necesidad de comprensión o como deslumbramiento, y, en todo caso, como diferentes manifestaciones del egoísmo.

El que sea una novela con múltiples lecturas es un exceso por el que se corre el riesgo de que se pierda alguna de las diferentes posibles interpretaciones.

Excesivo también es concentrar, en apenas doscientas páginas que uno piensa van a ser leídas con facilidad, tal cantidad de reflexiones y opiniones deslumbrantes por su sensatez, así como el uso de una sintaxis enrevesada y una semántica dislocada, arriesgándose a que parte de las enseñanzas se desperdicie o a que el lector se rinda por agotamiento.

Pero lo más excesivo es, sin duda, la situación extrema planteada, a partir de la cual se abordan todos los temas que se quiere abarcar, siendo lo más arriesgado que sea respetada y comprendida tal necesidad, y salir airoso del desarrollo y resolución.

El resultado es un rotundo triunfo. Por la inteligencia y perspicacia demostrada, especialmente en sus reflexiones entorno a la muerte, tanto como acontecimiento como posterior ausencia permanentemente presente. También por la valentía con la que afronta este comprometido homenaje a la asimetría e imperfección asumiendo el peligro y el vértigo.

Para escribir "Versiones de Teresa", Andrés Barba se sirve de un exceso de piezas de artillería de las que está sobradamente dotado por su capacidad y aptitud, y corre el riesgo de que alguna le estalle en las manos, pero finalmente gana esta batalla a cañonazos lanzados y dirigidos con mucho sentido y puntería.  

Más información de: "Versiones de Teresa" y Andrés Barba

jueves, 23 de junio de 2011

"Gilead", de Marilynne Robinson

A mitad de lectura uno se pregunta porqué se titula "Gilead", si, por mucho que diga la contraportada, la cual se limita a copiar palabra por palabra toda la información relativa al pueblo (página 191), esto no trata sobre la convivencia en un pueblo ni de sus gentes. Una nota de los traductores explica que el nombre deriva del hebreo "Galaad", que significa "montón de la alianza", un montón de piedras conmemorativas. Tal vez el título sea un acierto, porque a esas alturas el libro es un gran peñazo, una gran piedra religiosa, con virtudes pero tremendamente aburrida. Y esa sería la sensación final si no fuera por las últimas setenta páginas.

Que nadie se acerque a este libro esperando algo parecido a "Matar a un ruiseñor" o "El arpa de hierba". Nada de eso, Marilynne Robinson muestra un Medio Oeste mucho más mísero e inhóspito, pero sin alcanzar el tremendismo, la crudeza y la ironía de Erskine Caldwell. En "Gilead" la religión lo inspira, justifica y explica todo, tanto las sequías como las lluvias, tanto la pobreza como la fortuna, tanto las relaciones personales como la solidaridad imprescindible para sobrevivir, tanto las enfermedades y desgracias como los escasos momentos de paz, alegría o hasta felicidad. Lo más parecido sería "Una plegaria por los moribundos" de Stewart O´Nan, publicada también por Galaxia Gutenberg, siendo ésta mucho mejor.

"Gilead" es una larga, larguísima epístola de despedida, en la que la religión, como en el mundo del que habla, lo impregna todo, en algunos momentos lo inunda. Se puede dividir en tres partes. La primera es  circular y repetitiva. El narrador se circunscribe a cuatro o cinco momentos de su vida, de la de su padre y abuelo, que abarcan más o menos un siglo, desde mediados del XIX con la Guerra de Secesión y la incorporación de Kansas a la Unión como estado abolicionista hasta la reelección de Eisenhower, y va saltando de uno a otro aleatoriamente aportando cada vez un poco de información, insuficiente para que se considere un testimonio de la vida rural de ese territorio durante esa época ni tampoco una saga familiar.

El narrador es un pastor protestante en Iowa, como anteriormente lo fueron su abuelo y su padre, y alterna los recuerdos con reflexiones religiosas, teológicas, éticas y trascendentales. Lo ideal. Cuando éste decide centrarse en el presente narrativo y se esboza un cierto misterio también se desborda el discurso religioso, lo cual es muy respetable, incluso hay reflexiones éticas y trascendentes muy interesantes, como lo son algunas de las imágenes poéticas, pero es obligado advertir que hay un momento en que la novela pasa a ser un libro de sermones.

La travesía por el desierto ha sido tan dura que llegas hastiado y con la boca demasiado seca para poder saborear las setenta últimas páginas, en las que sí hay un equilibrio entre reflexión y una narración fluida y que consiguen que te reconcilies con la autora.

El libro está bien escrito, tiene buenos detalles, personajes potentes prácticamente todos y perfectamente definidos, y los defectos señalados no son errores de mal escritor, son diferencias de criterio, fruto del uso de una técnica narrativa respetable y posiblemente acertada, pero que agota, y de un contenido del que no somos avisados y que a mí, personalmente, no me interesa y menos en tal cantidad.