sábado, 10 de septiembre de 2011

"Asesino Cósmico", de Robert Juan-Cantavella


Francisco Casavella lo sabía. Antes de morir tuvo tiempo de trasmitírselo a Javier Calvo. El secreto de Editorial MondadoriMercedes Cebrián yEdmundo Paz Soldán, fueron los encargados de contárselo a Robert Juan-Cantavella. "Si quieres que esta gente te publique, tu libro ha de estar escrito en presente de indicativo"

Es un criterio acertado, que le da elegancia y precisión a la narración. Debería ser lo lógico.

Pero vamos a lo que estamos. ¿Qué decir de "Asesino Cósmico"? Como la propia novela, puedo contar mucho y no decir nada.

Suena demasiado duro, más cuando no es una mala lectura. Simpática e ingeniosa, deja no obstante una pregunta fundamental sin responder.

Hay libros que es muy difícil recomendar. Cómo recomendar una novela que comienza como novela histórica en un entorno fantástico, pasa a ser la novela de ciencia-ficción que se presume, para transformarse en novela de terror gótico, mutar después en libro de caballería con retazos de explícito erotismo, un poquito de gore y pinceladas de western, y vuelta a empezar con el añadido de momentos surrealistas. Todo en el marco de una novela simbólica e intemporal.

Aunque nominalmente está situada en un futuro cercano, esto es relativo ya que es el mañana de un mundo imaginario, que incluye más elementos de nuestro pasado que novedades, que recuerda, más por fuentes comunes que por una ascendendencia directa, a creaciones anteriormente leídas de Fernando Aramburu o Javier Tomeo.

Salvo el manejo de unos elementos ajenos y el resultado obtenido, nada hay original en "Asesino Cósmico". Y esa es su pretensión, mostrar que está todo inventado en las artes narrativas, la tía literatura y su sobrino el cine, que lo que queda es recrear y revisar historias ya contadas.

Esta demostración se convierte en un gran homenaje a sus gustos e influencias, con una intención lúdica o paródica. Es un derroche, sí, de imaginación, que se aprovecha de referencias literarias y cinematográficas, de la iconografía, la nomenclatura y la imaginería tradicional de cada género.

"Asesino Cósmico" prueba que un escritor es la consecuencia de sus lecturas, y es paradigma de que  éste siempre escribe la novela que le hubiera gustado leer. Un deseo llevado al extremo, en el que no sólo el argumento cambia de un género a otro, sino que los personajes saltan a su vez de una historia a otra y las historias tan pronto son contadas por un personaje como lo son por otro, como se materializan reales.

Si bien se reconocen méritos narrativos, mucha imaginación y gran empeño por cerrar certeramente una estructura complicada, hay que señalar que esto no es suficiente. He buscado y no he encontrado, no me atrevo a asegurar que no la haya, una clave que me permitiera entender e interpretar la obra como una metáfora de algo más allá de una simple chanza, que excusase el mayúsculo esfuerzo. Una respuesta a una sencilla pregunta ¿Y? 

Cómo recomendar, por tanto, lo que únicamente es una gran broma, me temo que muy privada, íntima, que puede hacer o no gracia independientemente del sentido del humor o la inteligencia del lector.

Más información: "Asesino Cósmico", Robert Juan-Cantavella y asesinocosmico.blogspot.com

martes, 6 de septiembre de 2011

"Crimen en el Barrio del Once", de Ernesto Mallo


"Crimen en el Barrio del Once" tiene sus cosas buenas y sus cosas peores. Bastantes cosas muy buenas pero unas pocas, al menos cuatro, regulares.

Para Ernesto Mallo la trama no es lo importante. Esto no es un demérito, todo lo contrario. La realidad pocas veces supera a la ficción. La mayoría de las ocasiones la vida es sencilla. La precipitación y la inexperiencia a la hora de cometer un crimen, mas si el autor es alguien sin valor e incapaz movido únicamente por la rabia y la desesperación, suponen dejar tras de sí numerosas pruebas y pistas que permitirán una rápida inculpación y resolución.

Eso es lo normal, como demuestra la Sexta por las mañanas.

"Crimen en el Barrio del Once" no tiene pretensiones de intrigar ni sorprender y, por lo tanto, tampoco tentaciones de trampear y engañar. Mejor una historia franca, bien contada y mejor resuelta que enredos artificiales. No importa que atinemos lo que va a pasar, eso no significa que sea previsible. Previsible es cuando se quiere desconcertar  y no se consigue. Esta obra es lógica y consecuente, con la austeridad propia del género negro clásico, con un ritmo adecuado y una interesante, ágil, rigurosa forma de presentar los diálogos.

Ésta es una novela sobre personas, preocupada por argüir cuándo, cómo y porqué se hacen determinadas cosas y se desencadenan acontecimientos inusuales. Por eso, si se ha acertado al elegirlas y dibujarlas, hay que ser cuidadoso con lo que se pone en su boca, para no estropearlo.

El pecado, venial, de Ernesto Mallo es la falta de sutileza en algunos momentos.

Con la mujer de Giribaldi se le va la mano. La responsabiliza con la representación de una clase social, deposita en ella tanto significado que el valor metafórico desaparece y sólo queda un borrón grotesco. Véase la página 62.

Cuando profundiza en la cuestión amorosa, para explicar y justificar los comportamientos posteriores del protagonista, un par de diálogos penalizan a los intervinientes y ridiculizan sus interacciones. Páginas 34 y 103.

La dictadura militar argentina es una situación tan trágica y terrorífica que se impuso a todo y a todos, una presencia constante que condicionaba las conversaciones, las conductas, las decisiones. No es necesario que se destaque, se evidencia por si misma. Eso está bien reflejado; con el discurrir normal del relato, la inmoralidad, la arbitrariedad o la vileza se descubren perfectamente integrados. El problema está en la inclusión quimérica de un discurso ideológicamente irreprochable e incuestionable pero a la vez, y parcialmente por eso, increíble e innecesario, en boca del personaje más logrado. Página 149.

Sólo son cuatro detalles. La opinión general es que es buena, merecedora del premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón en 2007. Si Ediciones Siruela, como parece, se decide a publicar una segunda novela suya y la encuentro a buen precio, con gusto insistiré.

Más información sobre: Ernesto Mallo y Sinopsis

miércoles, 31 de agosto de 2011

"A merced de la tempestad", de Robertson Davies


Para reconciliarse con la literatura lo mejor es optar por un valor seguro.

Robertson Davies es tan bueno como se dice. Sólo por descubrirnos su obra, Libros del Asteroide justifica su existencia. Cuenta con más méritos, como la recuperación de Nancy Mitford o, la ya mencionada, de Manuel Cháves Nogales, tarea ésta última compartida con otras editoriales como Renacimiento o Espasa-Calpe.

En los últimos ochenta y durante los noventa, John Irving fue mí pasión juvenil literaria. Luego se me pasó. Ahora no es el momento, pero algún día tengo que hablar de él, se lo debo. Robertson Davies va camino de convertirse en un deleite de mediana edad que, sabiendo que sólo existen siete novelas que saborear, hay que dosificar. Como esa botella de ratafía que tienes miedo de acabar.

Sus nombres aparecen relacionados. Se conocieron personalmente y John Irving lo admiraba, calificándolo como el "Dickens canadiense". Rodrigo Fresán también los vincula cuando dice que Robertson Davies es "el eslabón (perdido) entre Charles Dickens y John Irving", y está acertado. Estos tres autores ejemplifican la evolución de la narrativa más ortodoxa y formal, y, con las evidentes y normales diferencias de todo tipo, se percibe un continuo. Los tres son representantes de una tradición novelística alejada de las modas, que no necesita de aventuras lingüísticas, experimentación estructural o de la ornamentación formal para ofrecer literatura de calidad, con mayor resistencia al paso del tiempo. Sus ingredientes son unos personajes perfectamente definidos y unas historias consistentes, reflexionadas y trabajadas.

"A merced de la tempestad", es inteligente y elegante, como lo son  "La fiera de mi niña " o "Historias de Filadelfia", que inmediatamente te vienen a la cabeza por la común ambientación, o como un Cary Grant más maduro, el de "Charada" junto con Audrey Hepburn, igualmente ingeniosos, mucho más refinados y plenamente vigentes, clásicos y actuales a la vez, además de incluir una diferencia de edad que es un tema que aparece en esta obra y, en mayor medida, en "Ángeles rebeldes".

La inteligencia se manifiesta en el sentido del humor que desprende la obra, sutil en las descripciones y más evidente en los diálogos, pero sobre todo en la concepción, desarrollo y resolución, con naturalidad y credibilidad, de las situaciones y del conjunto, así como en la agudeza y delicadeza en el análisis de los tipos sociales y en la puesta de manifiesto de cómo estamos a merced de los sentimientos y de las pasiones.

La elegancia lo abarca todo. Está en el ambiente, en los personajes, en el vestuario, en los paisajes, en la arquitectura, en la decoración, en las conversaciones, en el vocabulario. Un ejemplo insuperable es la presentación del escenario donde transcurrirá la historia, la impecable y exquisita descripción de Salterton, la ciudad que da nombre a la trilogía y donde conviven los miembros del grupo de teatro aficionado cuyos ensayos y representación de "La tempestad" de Shakespeare son el pretexto para plantear cuestiones, presentar las relaciones e interacciones entre las diferentes personalidades que se pueden encontrar en cualquier grupo social más o menos amplio. La gracia y el cariño puestos en la descripción de los personajes y las circunstancias en las que son emplazados los muestran profundamente humanos, y logra que sean arquetipos y no caricaturas.

Erudito es otro adjetivo que se aplica a Robertson Davies. No es este el caso. "A merced de la tempestad" fue su primera obra, y la modestia, sencillez o la humildad de los propósitos se percibe, pero únicamente si se compara con obras posteriores como, por ejemplo, "Ángeles rebeldes", mucho más ambiciosa, en la el autor demuestra mayor seguridad y dominio del oficio, desplegando todo su bagaje cultural.

Si "A merced de la tempestad" es deliciosa, "Ángeles rebeldes" es enciclopédica. Y Robertson Davies imprescindible.

Y John Irving también.

Más información sobre: "A merced de la tempestad" y Robertson Davies

viernes, 26 de agosto de 2011

"Los Grope", de Tom Sharpe


Más esfuerzo hay en esta opinión que el demostrado por Tom Sharpe al escribir "Los Grope".

Sí, se trata de una novela de humor, pero en vez de reírse los lectores, le tocaba el turno al escritor y a los editores. Qué tomadura de pelo.

A quién quiere engañar, si el único perjudicado es él. A mí no me ha timado. Pagué cinco euros en "El trueque", una pequeña librería de segunda mano sita en el barrio de Santa Cruz de Sevilla, regentada por una californiana muy agradable que está liquidando las existencias mientras intenta traspasar el negocio infructuosamente; como consecuencia de la legislación arrendataria, una librería de viejo menos y una tienda de camisetas y recuerdos más.

Tom Sharpe estaba dando muestras de agotamiento. La repetición de personajes, temas y situaciones restaba sorpresa y gracia. El cansancio es comprensible, y no siempre se va a acertar. Pero "Los Grope" es algo mucho peor.

Algo que afecta fundamentalmente a su prestigio. Quien se acerque a su obra y comience por esta obra posiblemente, y con razón, no vuelva a intentarlo y cuestionará además el criterio de los que nos hemos reído a carcajadas, de los que hemos llorado de risa con algunos fragmentos de su famoso "Wilt" y, sobre todo, de las obras que transcurren en la Sudáfrica del Apartheid, "Reunión tumultuosa" y "Exhibición impúdica".

Tom Sharpe no es un autor comprometido, no hace crítica social, ni tiene ánimo constructivo, reformador, y mucho menos pretensiones estéticas. Simplemente dispara a todo lo que se mueve, no respeta nada ni a nadie, ridiculiza instituciones, estamentos y estratos sociales, y los personajes tienen una personalidad definida por un único rasgo llevado al extremo, lo cual les abocaba a situaciones límites con consecuencias tremendas, felices o infelices, afortunadas o trágicas.

En "Los Grope" ya no queda nada de ese humor gamberro y cruel. Tom Sharpe, pero, con el mismo efecto, podría haber sido cualquiera conocedor de los mecanismos y recursos, sencillos pero eficaces, utilizados por éste, los ha intentado utilizar en una historia con los elementos propios de sus obras anteriores, pero con un resultado fallido. Y no sólo porque se trate de tipos y técnicas reconocibles y redundantes, sino principalmente porque la historia no está trabajada, desarrollada, explotada, con lo que las situaciones son desaprovechadas y no están explicadas o justificadas, los personajes no son exprimidos y, lo nunca visto en este escritor, ahora son incongruentes e inconsistentes, cuando siempre habían sido radicalmente unidireccionales y consecuentes.

Tiene toda la pinta de ser una obra de encargo, un compromiso con sus editores, que le habrá reportado un buen dinero, pero que más daño le hace a su crédito y reputación. Con lo que has ganado, si no tienes nuevas ideas, las que se te ocurren no son buenas o no tienes ganas de esforzarte, no sigas publicando, no lo necesitas.

Más información sobre: "Los Grope" y Tom Sharpe