martes, 13 de marzo de 2012

"El grano de maíz rojo", de José Jiménez Lozano


José Jiménez Lozano  fue galardonado en 1992 con el Premio Nacional de las Letras Españolas. Recibió el Premio Cervantes de Literatura en Lengua Castellana en 2002. Un artículo suyo, "Sobre el español y sus asuntos", fue reconocido con el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes en el último año del siglo pasado. Y, desde 1989, forma parte del palmarés del Premio Nacional de la Crítica gracias a "El grano de maíz rojo".

Uno de los objetivos de este tipo de premios es lograr que las obras y autores honrados alcancen mayor popularidad. Pues reto a que se encuentre, fuera de Castilla y León, un libro de José Jiménez Lozano en alguna librería. Ni siquiera las últimas novelas publicadas por Seix Barral, Ediciones Encuentro o RBA, o la recopilación de sus cuentos por parte de Ediciones Cátedra.

Estamos hablando del autor que, desaparecidos Camilo José Cela, Francisco Ayala y Miguel Delibes, debe ser el pater familias de la literatura castellana, y en castellano, no un desconocido para la mayoría. Ese título de dómine no se lo dan los premios, que ésos, al fin y al cabo, no son mérito suyo y se los pueden otorgar a cualquiera, sino la calidad de su obra y la profundidad de su pensamiento.

Por ejemplo, "El grano de maíz rojo" es una demostración de lo que es literatura pura y exquisita. De cómo plasmar en el papel dudas, preguntas, miedos, opiniones, certezas o ascos, comprometido estética e intelectualmente, utilizando imágenes, situaciones, ejemplos sugerentes, con gran poder evocador y provocador de una respuesta por parte de un lector cómplice y exigido.

Los cuentos de esta colección se caracterizan por su sencillez y agudeza. Poemas que por necesidad, en un momento temprano de su desarrollo embrionario, mutaron y evolucionaron como raquíticas criaturas prosaicas, pero evidenciando indudables vestigios líricos, son breves, salvo el que da nombre al conjunto, y todos ellos precisos en su mensaje e intención. Su estructura y diseño están ideados para cumplir con eficacia una tarea básica. José Jiménez Lozano siente la necesidad de compartir pensamientos, temores, dilemas, incertidumbres, convicciones, de dar testimonio de injusticias e incongruencias, por medio de elementales e ilustrativos tropos, utilizando un lenguaje propio, de signos reconocibles e interpretables, muy sugestivo, y un hilo de ironía sutil, perversa y sañuda.

"El grano de maíz rojo" son treinta y un relatos, treinta y una propuestas de debate especulativo con quien se preste. Treinta y una cuestiones que permiten abarcar muchos temas, ordenados, lo cual le da unidad, desde lo más amplio a lo más concreto, desde lo inmaterial, abstracto e indefinido a lo cercano y cotidiano. De lo inasible a lo sufrido.

Comienza planteado recelos etiológicos. Luego concreta en el fenómeno religioso, discute su papel y el carácter incuestionable de sus principios y dogmas, para centrarse en el cristianismo y, sobre todo, en la Iglesia, a la que somete a una descarnada revisión. Surgen temas como la hipocresía, la imposición de doctrina, la intolerancia y falta de clemencia; la manipulación de la figura de Jesucristo, la distorsión del mensaje original; su obcecación por el poder, la riqueza y el boato; su alejamiento de la grey a la que sometió al imperio del miedo y la culpa por medio de herramientas tales como los pecados y los milagros, y a la que se le negó cualquier tipo de disfrute, no ya placer.

En la segunda mitad José Jiménez Lozano se centra en la historia, circunstancias y evolución de España y de los españoles. Es entonces cuando se repiten las imágenes de casas solariegas, situadas en parajes hermosos pero alejados y solitarios, con un pasado esplendoroso y ahora cerradas o abandonadas. O las historias de personajes enfermos, impedidos, alienados o retrasados, que son cuidados por madres o hermanas acaparadoras.

Muy estimulante la lectura de esta colección y ejemplo, repito, de lo que es literatura. Una literatura vigente y actual que ha de ser rescatada.  

Más información sobre "El grano de maíz rojo" y José Jiménez Lozano.

miércoles, 7 de marzo de 2012

"Trifulca a la vista",de Nancy Mitford

Sigamos riendo. Después de una despreocupada y absoluta broma, un divertimento anecdótico, he aquí otra obra básicamente humorística pero peorintencionada, que busca u ofrece el humor en el marco de una novela convencional, y lo utiliza como la herramienta, el ingrediente corrosivo con el que atacar, mostrar o limpiar algunos, muchos aspectos de una sociedad en el ocaso.

"Trifulca a la vista", con cuya publicación Libros del Asteroide  culmina la tarea de recuperación de la obra de Nancy Mitford, es un producto propio de su época, tanto en la forma como en el fondo. Escrita en 1935, la historia narrada es indefinidamente contemporánea, la vitriólica al mismo tiempo que amable descripción de un mundo consciente de su decadencia, que inocente se debate entre el nostálgico pasado y un tentador futuro renovador.

Es como si en el equipo de guionistas de la elegante y seductora "Downton Abbey" se colase un joven Tom Sharpe apocado, sin influencia dentro del grupo, pero capaz de colar de vez en cuando una de sus puyas. Nancy Mitford es una brillante representante de esa literatura ligera y costumbrista británica tan interesante por la perspicacia e ingenio aplicados a diálogos y situaciones, pero todavía sujeta a la realidad, sin llevar las personalidades ni los argumentos al extremo absurdo y desternillante, pero irreal, como autores posteriores.

Armada con la ironía y el sarcasmo bien afilados, pero poniendo también cariño y afecto, Nancy Mitford ataca a, y se ríe de, todo lo que se mueve, empezando por ella misma, siguiendo por los suyos y acabando por los que la rodean. Y hace sangre en lo que más juego da, en lo que más fácilmente se puede ridiculizar, los orgullosos y pretenciosos miembros de la clase alta, los arribistas, los círculos artísticos y sus crédulos mecenas, y los emergentes movimientos fascistas, motivo por el que principalmente se ha publicitado.Y por el que este libro se guardó en un cajón.

En el prólogo se dan tres razones, pero la sobrina les otorga una relevancia equivocada. La fundamental es que el libro, siendo ameno y entretenido, no tiene la altura ni la calidad suficiente y la autora era consciente de ello. A partir de ahí se puede suponer que decidió que la publicación y defensa de la obra no compensaban la asunción del enfado de dos hermanas y de su cuñado el capitán. Los fascistas no tenían sentido del humor, no se lo podían permitir, porque sus actitudes eran sumamente ridículas y sus argumentos difícilmente sostenibles, y aquél era arma suficiente para derrotarlos. Si Nancy Mitford no quería molestar a esa parte de la familia, que sólo veían la burla pero eran incapaces de percibir la condescendencia con la que en realidad eran tratados, debería haberse planteado cortarse la lengua y la mano derecha. Esa solución tal vez sí les hubiera satisfecho. 

Más poderoso y plausible es el argumento de que, vistas las trágicas consecuencias que tuvieron dichas ideologías, no estaba en absoluto orgullosa del tono cándido, ácido pero lúdico, de la novela, ni de la frivolidad de alguna de las afirmaciones, las de la página 140 por ejemplo, que reflejan su simpatía por parte de ese ideario. Nancy Mitford se quedó en la superficie. Fue consciente de lo grotesco de su parafernalia, pero incapaz de ver lo relevante, el peligro que entrañaba un mensaje que respetaba y, de alguna manera, compartía.

Ahora, con la perspectiva que da la distancia suficiente, puede leerse este documento como un ejemplo de tibieza, e intentar entender la impasibilidad con la que buena parte de la sociedad consintió esas actitudes.

Si eso no es posible, sí lo es sorprenderse con la moderna naturalidad con la que son tratados temas como la igualdad, la liberación sexual, el adulterio, el divorcio y el cinismo usado al hablar de instituciones como el matrimonio o la familia. 

Esa normalidad y desvergüenza demuestran, más que lo avanzado que estaban entonces, el retraso de cuarenta años que sufrimos nosotros. 

miércoles, 29 de febrero de 2012

"Livingstone nunca llegó a Donga", de Alfonso Vázquez

Si Mariano José Larra, que siempre tuvo una opinión un poquito pesimista sobre sus conciudadanos y fue un tanto escéptico en cuanto al futuro de la patria, levantara la cabeza estaría henchido de orgullo y ahíto tras tener que tragarse el papel en el que escribió sus infundios y libelos.

En este páramo investigador y científico, y más que lo va a ser con los próximos recortes en I+D (si de verdad existió para ese concepto una partida presupuestaria) que es España, todavía hay gente que, contra viento y la tradicional molicie, lucha por satisfacer las inquietudes propias y ajenas.

"Livingstone nunca llegó a Donga" es un verdadero brote verde cultural que, en este crudo invierno que estamos pasando, aparece entre los títulos de la colección "Breviarios" de la comprometida y cada vez más grande Rey Lear Editores. Y una alegría es la valentía de ésta por promocionar un género tan extraño a nuestras letras como es el de la divulgación científica. Este país es un territorio escaso en escritores que se desenvuelvan cómodos en dicho género. Tenemos filósofos, divagadores y especuladores, los últimos de cualquier tipo, pero no tenemos nada semejante al ameno Oliver Sacks o a la sorprendente Dava Sobel, y lo más parecido al llorado Carl Sagan es J.J. Benítez.

A partir de ahora podremos presumir de tener nuestro propio Marvin Harris. Y tal vez con el tiempo sean los americanos los que tengan que decir que suyo es el predecesor de Alfonso Vázquez, quien con toda seguridad está destinado a convertirse, gracias a contribuciones como este estudio sobre el pueblo dongolés, que no es más que una madura confirmación de lo que ya se intuía en trabajos anteriores (véase "Teoría del majarón malagueño"), en una referencia dentro de la comunidad socio-músico-médico-económico-psico-antropológica mundial. 

Sin el apoyo de las universidades españolas, para las cuales es un total desconocido, no así para los bares de la Calle de Julián Romea y alrededores en Madrid, donde es una celebridad, Alfonso Vázquez ha sido capaz, gracias a la escasa financiación, a la vista del magro pero jugoso resultado, proporcionada por la Fundación Sigurd Tolvasson y la Universidad de New Beckham, de redactar un profundo y meticuloso tratado, que abarca todos los campos científicos y artísticos, y proporcionar un exhaustivo conocimiento de Donga.

"Livingstone nunca llegó a Donga" está recomendado para aquellos que deseen satisfacer sus comprensibles incertidumbres y cultivarse por fin sobre la relevancia de esa civilización en el concierto mundial y la transcendencia de su influencia en la cultura global del planeta.

De una forma afable, al estilo marcado por Nigel Barley en "El antropólogo inocente" y su secuela "Una plaga de orugas" pero sin derivas anecdóticas poco científicas, mucho más riguroso y conciso, preciso y comprometido con el pormenor metódicamente comprobado, adjuntando ilustraciones didácticas, gráficos aclaratorios y elocuentes fotografías, Alfonso Vázquez inunda al lector con información imprescindible para entender cómo esa gente ha pasado desapercibida hasta ahora, y porqué podemos estar tranquilos si los mantenemos a una distancia prudencial.

Esta obra desvela datos relevantes y conmovedores: La existencia de una Ruta Africana del Camino de Santiago que, desde Ciudad del Cabo a Tánger, enlazaría con la Vía de la Plata y supondría la entrada en la península de la endémica siesta, el origen de la denominación de determinado tipo de roedores como Hamsters, el papel jugado en la Gran Guerra y su fundamental contribución en el éxito del desembarco de Normandía, o las aportaciones de la rica y variada gastronomía dongoleña a la dieta mundial. Sólo queda sin demostrar la aseveración hecha en el título.

Gracias Alfonso Vázquez por este pequeño divertimento que conecta con la, sí más rica y abundante, tradición humorística hispana, de la cual pasa a formar parte dignamente. Seguro que habría sido una delicia para Tip, genio irreverente, esta muestra de humor puro pero fino, elegante, absurdo a la vez que inteligente, una diversión necesaria. Y sin duda le hubiera otorgado al libro, al autor y a los ciudadanos de Donga, en donde creo que pasó más de un verano llamado por sus costumbres y benigno clima, el título de Más bonito que un San Luis. 

Más información sobre Alfonso Vázquez y "Livingstone nunca llegó a Donga"

jueves, 23 de febrero de 2012

"Los Living", de Martín Caparrós.


Qué barbaridad, qué bueno. Y qué duro. Sólo para personas con carácter firme y el ánimo optimista. Absténganse los que padezcan problemas emocionales, o simplemente carezcan de fortaleza afectiva. También los que conciban el disfrute únicamente como evasión, porque Martín Caparrós escribe para los que gozan pensando y aprendiendo, sorprendiéndose y, porque no, padeciendo.

"Los Living" no es el soplo de realidad que aparenta al comienzo, ni el puñetazo de realidad que rápidamente se desenmascara. Es la realidad entera que te cae encima, lanzada desde bien alto, con saña y precisión, con todo el peso de las certezas y las dudas, las alegrías y los temores. Y eso puede hacer daño.

Lo (cojas) mires por donde lo (cojas) mires, el XXIX Premio Herralde de Novela es un gran libro. Desde el punto de vista formal, Martín Caparrós demuestra un dominio total de estilos y técnicas. Como un pintor que suelta el pincel para usar el carboncillo, que descarta un bodegón para afrontar un retrato, que renuncia al realismo para experimentar con la abstracción, que utiliza grandes lienzos para plasmar en ellos evocadores paisajes o pequeñas cuartillas donde dibujar caricaturas de encargo, pasa este argentino de un registro a otro, del diálogo al monólogo, de la narración al discurso, del ensayo filosófico a la ácida parodia con naturalidad, sin quiebros ni cambios en el ritmo.

Esa riqueza estilística no es jactanciosa, sino necesaria para darle cobertura al inmenso contenido de esta novela, grande en sus pretensiones como en los logros. Sus aspiraciones son las de ser una obra global, monumental, abarcarlo todo, desde lo infinito hasta lo anecdótico, y hacerlo con juicio. Aborda la vida y especula sobre la muerte, vivisecciona la existencia e imagina la trascendencia, reflexiona sobre las grandes cuestiones, se regodea en detalles banales o morbosos. Juega cruelmente con los miedos.

En la respuesta de las preguntas ambiciosas o en la disección de las situaciones cotidianas el principal mérito de Martín Caparrós es la inteligencia exhibida, la brillantez y el talento demostrado en las imágenes y tesituras propuestas, en las sugerencias y alternativas ofrecidas. Y la mayor muestra de cordura está en el cable de seguridad que recorre la narración, del que se puede tirar en cualquier momento, la barra que va por lo alto y a la cual te puedes asir cuando la cosa se pone difícil. Ese humor oscuro y sutil que está permanentemente presente como alternativa, aportando ese punto de trivialidad saludable, una necesaria válvula de escape que salta cuando se carga el ambiente, cuando sube alarmantemente la presión emotiva.

Siendo una novela codiciosa, "Los Living" ofrece diversos senderos que recorrer, varias plantas que visitar. Paralelamente, despacio, va gestándose la idea central. Brindada a modo de claves que a la vez son instrucciones, de reglas que al mismo tiempo son pistas, únicamente se mostrará plena como metáfora en el colofón, y se descubrirá como broma disyuntiva en el epílogo. Los que seguro tienen más riqueza de datos y mejor conocimiento para descifrar y disfrutar esa incalificable performance que son los Living, los que poseen llaves y herramientas útiles para comprenderla en su totalidad son los argentinos, a quien directamente va dirigida.   

Y es que Argentina, como no podía ser de otra manera tratándose de un autor argentino, es la protagonista, infructuosamente sujeta y que impone su presencia irremediablemente. Eso sí, en este caso el planteamiento es novedoso y complementario a cualquier anterior, más flemático, mezcla de circunspección que otorga relevancia y chanza fruto de una endémica locura o imprescindible para no enloquecer, para relativizar obsesiones y superar traumas. 

No sé cómo calificar a"Los Living". O tal vez sí lo sé, pero soy prudente, o me puede la cobardía, a la hora de usar adjetivos mayúsculos. De lo que estoy seguro es de que es más que una buena novela, más que una gran novela, y de que es un acierto pleno.

Más información sobre Martín Caparrós y "Los Living"