miércoles, 10 de octubre de 2012

"La edad de la duda", de Andrea Camilleri


Estaba convencidísimo de haber leído alguna de las historias del comisario Montalbano. A Andrea Camilleri seguro, que de eso se encarga mi señora, que no sé que zuna tiene con él.

He repasado la relación de sus obras, intentando recordar entre los títulos, y sólo tengo claro que he leído al menos dos:

"La concesión del teléfono", una simpática, sencilla y nada novedosa crónica folclórica de la Sicilia, la misma Sicilia, siempre Sicilia, esta vez de finales del siglo XIX, representada en Vigàta, la misma Vigàta, siempre Vigàta.

Y esa evocadora, alegórica, sugerente, leyenda mediterránea que es "El beso de la sirena". Ninguna de las dos con il dottor Montalbano como protagonista, ninguna publicada por Ediciones Salamandra, sino por Ediciones Destino, con quien se reparte el pastel Camilleri en castellano.

Si bien "El beso de la sirena" va aparte, es diferente, un cuento mitológico, una aventura, un reto, una deuda, Andrea Camilleri parece que, invariablemente, pretende ser grato y bienintencionado, generar un fondo de optimismo, con un estilo ameno, escueto, que garantiza una lectura fluida y una sonrisa en los labios.

Este Andrea Camilleri de "La edad de la duda" casa con el recuerdo que tengo de "La concesión del teléfono", en cuanto al dibujo benévolo, irónico pero cariñoso de unos personajes arquetípicos e identificables, los tipos italianos que uno busca y encuentra en la literatura desde Guareschi, o en el cine desde el Fellini de "Dolce vita" o "Amarcord". Los hombres son torpes unos, otros despistados, apasionados, un tanto violentos, como contrapunto está el sensato, la mayoría rijosos, todos galantes e infantiles. Las mujeres son pacientes, maternales, sabias, y nunca falta la rotunda, incluso voraz, para saciar las fantasías.

Lo que no cuadra con mi memoria es un protagonista tan descreído, subversivo, saboteador, zampón y voluptuoso. Serán los años, que no pasan en balde ni para un enemigo de las frases hechas. Son esos años precisamente, esa edad de la duda a la que se refiere el título, los que explican y dignifican su papel en la forzada anécdota amorosa en la que, con torpeza, lo involucra el autor.

Aunque no me ha sorprendido la trama sencilla pero eficaz, entretenida, resuelta con credibilidad y premura, tampoco tenía formada la opinión de que los libros detectivescos de Andrea Camilleri no eran más que un modesto remedio para aquéllos a los que les guste Lorenzo Silva y se hayan leído completa la saga de Bevilacqua y Chamorro. Ambos, Camilleri y Silva, ofrecen historias reales, con escenarios y personajes reconocibles, pero las del segundo están más trabajadas en cuanto al argumento, tienen más enjundia y mejor ligados los ingredientes.

Y es que lo más chocante es lo livianas que son las intenciones de Andrea Camilleri. Agradar con un retrato costumbrista y sensiblero, poco más. La superficialidad general de "La edad de la duda" se evidencia en cualquiera de las ocasiones en las que el autor intenta ahondar o transcender. Sea cual sea la oportunidad, romántica o social, fracasa y únicamente es capaz de ofrecer unas reflexiones vanas, ridículamente correctas y superfluas.

Al final va a resultar que, en realidad, hasta ahora no había leído nada del comisario Montalbano. Debo de haberlo confundido con otro comisario, tal vez con el veneciano Brunetti. Perdón, a los cuatro. A Montalbano, a Brunetti, a Andrea Camilleri y a Donna Leon.

Con el que, sin duda, no es posible este equívoco es con Aurelio Zen.

Más información sobre Andrea Camilleri y "La edad de la duda".

miércoles, 3 de octubre de 2012

"Pasajero K", de Adolfo García Ortega.


Se dice que honra merece quien a lo suyo se parece. Pues "Pasajero K" es un noble fruto de este momento tan complicado. Ese mérito tiene al menos. 

Lo que ya no tengo tan claro es si será la novela más recomendable para leer en estos tiempos. Eso depende del estado de ánimo de cada uno. Se requiere estar exultante.

Y es que Adolfo García Ortega ofrece una, por real más desalentadora, representación de Europa donde los ciudadanos son hijos no buscados ni deseados, molestias resultantes de uniones accidentales, frágiles e inmaduras.

Así, abandonados por sus progenitores, sin referentes, dirigentes, ni modelos, escépticos, traicionados, erráticos, tal vez tengan claro a donde quieren ir, y lo que no desean para sí, pero fuerzas mayores los obstaculizan, los extravían, o los dirigen en sentido contrario.

Además, esta Europa, permisiva, endeble y desorientada, mira hacia otro lado, esconde o consiente la existencia, no debajo, ni detrás de ella, sino plenamente integrada, de la denominada, para distanciarse y minimizarla, "otra" Europa, amoral, atroz y cruel.

Un panorama muy alentador y estimulante.

Todo ese pesimismo, ese desánimo, a Adolfo García Ortega lo supera y lo domina. Su incredulidad se transforma en apatía. Escribir se convierte en una tarea rutinaria. Y no se le puede exigir al lector entusiasmo si éste no percibe pasión en el autor.

"Pasajero K"  es una sucesión monocromática de escenas, una oscura exposición de ideas, que no ofrece luz alguna que anuncie el final del lóbrego, claustrofóbico, monótono túnel que describe. No hay, por tanto, motivos para la esperanza (tampoco razones que justifiquen los cambios de voz, ni reglas que sustenten algunas puntuaciones, objetables).

El camino es transitado sin convicción, primero por el escritor y después por el lector. Cualquiera de los frentes abiertos planteados están llenos de tópicos, conversaciones artificiales y situaciones increíbles que generan, por lo menos, indiferencia.

La trama central, plana y carente de tensión, languidece desaprovechada. La maternidad de la protagonista femenina es un intermitente y melodramático recurso de contraste, ineficaz herramienta para incitar la reflexión. El pobre y manido dilema edípico-existencial de quien da título al libro, tiene cierto valor como símbolo pero está resuelto sin verosimilitud, imaginación u originalidad. Únicamente la posibilidad de un romance, latente hasta el final, una puerta con la llave en la cerradura que nadie osa abrir, da lugar al momento más lúcido del pasajero K.

Consultando sus datos biográficos descubro que ya he leído a Adolfo García Ortega. De vez en cuando se planta mi suegra en casa con libros que le han dado en el trabajo. Lo normal es que ni mire para ellos, pero da la casualidad que el único que he leído es "Lobo". De esto puede que haga ocho años, y el escaso recuerdo que tengo es algo más favorable.

En cualquier caso, a Adolfo García Ortega le es perfectamente aplicable lo que un crítico un día sentenció sobre las películas de su personaje: "Se niegan a dar más de lo que parecen estar dando" (página 96, en la edición de Círculo de Lectores). Son tan acertadas estás palabras, que no me cabe duda de que él mismo las leyó en la reseña de alguno de sus libros, las aceptó con deportividad, y las ha aprovechado en un irónico detalle.

Más información sobre "Pasajero K" y Adolfo García Ortega.

lunes, 24 de septiembre de 2012

"Un buen detective no se casa jamás", Marta Sanz.


Éste estuvo a punto de ser el juicio de únicamente las primeras ciento treinta y nueve páginas. Luego casi lo fue de doscientas y pico. Definitivamente, gracias a la fuerza de voluntad y el orgullo, es la opinión de las trescientas catorce.

Que tampoco hubiera pasado nada. Los hay por ahí, muy estimados y seguidos, que se pronuncian sobre una obra larguísima que obviamente no he leído entera, y lo hacen con mucho criterio. 

En su momento, "Black, black, black" dejó sensaciones contrarias. Marta Sanz demostraba que sabía escribir, pero aquello no era, aunque formalmente lo aparentaba y como tal se publicitó, una espléndida novela negra. Espléndida puede, negra lo dudo, imposible espléndida y negra a la vez, salvo que el adjetivo espléndida sea una cáscara vacía, abierta para que el lector la llene con los significados que estime oportuno. 

Nos quedamos con lo primero, con que sabe escribir. La fe en su talento prevalece y por eso se le ha dado la oportunidad a "Un buen detective no se casa jamás". La conclusión esta vez es que las virtudes se agrandan hasta lo desmesurado y los defectos se agravan.

En Editorial Anagrama sabían que era imposible hacer lo mismo con "Un buen detective no se casa jamás" sin mentir y ganarse una plaza eterna en el averno del descrédito. Han optado por una fórmula más ambigua, ofrecerla como una moderna novela detectivesca, siendo el calificativo moderna la gatera por donde colarla dentro de dicha categoría.

De esta maquinación comercial y publicitaria Marta Sanz no tiene ninguna culpa, pero sí es responsable de un ímprobo afán de escribir, sin tener tan claro sobre qué concretamente. Así como en "Black, black, black" ideó un relato más o menos acorde con el género, en "Un buen detective no se casa jamás" no se toma la molestia de disimular, de diseñar una historia digna, simplemente demuestra un mínimo de originalidad e ingenio al estructurarla de tal forma que, en una narración anodina y plana, haya algo de suspense que justifique su inclusión en el género.

Marta Sanz es acaparadora, avasalladora, desmoralizante y devastadora con el ánimo y la paciencia del lector.

No desaprovecha nada, cualquier pretexto le viene bien para desahogarse, explayarse barroca, exponer su dominio del vocabulario, abrumar con la amplitud de sus conocimientos literarios, cinematográficos o generales, con la abundancia de sugerentes y estimulantes imágenes, símiles o alusiones. No le interesa el argumento, se ocupa y divierte creando personajes ciclópeos en un recorrido tan ínfimo.

Invade desmedida espacios que no son suyos. Tan importante como la exhibición o la demostración del talento son la participación y la colaboración del lector. Por egoísmo hurta gozos ajenos, asume tareas que no son suyas. Tanto en el dibujo de los personajes como en el transcurrir del relato, Marta Sanz lo aclara todo y lo ilustra demasiado, no dando posibilidad a la imaginación, a la especulación o a la interpretación.

Y ello repercute letalmente en el ritmo. Las situaciones, las conversaciones se eternizan. La más mínima variación en la escena, cada gesto, cada frase ha de ser necesariamente diseccionada y analizada. Los obstáculos al fluir natural se incrementan por culpa de un subterfugio exasperante e innecesario, de lo cual el narrador es consciente (página 243).

Marta Sanz es una gran escritora cuyo único pecado es el exceso. Debería tomárselo con calma, no ser tan ambiciosa y fundamentalmente buscar el equilibrio. El equilibrio entre los personajes y la historia. Y el equilibrio entre ella y sus lectores, sobre los cuales no debe imponerse, a los cuales debe respetar, reconocerles su espacio.

martes, 18 de septiembre de 2012

"Una oración por Katerina Horovitzová", de Arnost Lustig

Por fin un libro tan elegante por fuera como hermoso por dentro.

Una historia tremenda, un relato rotundo, sencillo y elocuente.

Un regalo perfecto para lectores con un mínimo de celo, sentido y sensibilidad.

Una lectura obligada, de las que se recuerdan porque te enriquecen.

Es la primera vez que Editorial Impedimenta cumple plenamente con las expectativas que la habitual magnífica apariencia externa de los ejemplares que publica provoca.

Y es que la esperanza es lo último que se pierde. Había mucha confianza en el acierto de Editorial Impedimenta en la tarea de búsqueda y redención que, como las demás pequeñas editoriales,  viene realizando. Con "Una oración por Katerina Horovitzová" han dado en el centro de la diana.

No como otras (Editorial Funambulista), en algún caso de reciente lectura ("Rehenes").

"Una oración por Katerina Horovitzová" es tanto una narración auténtica y reveladora como un relato lírico y alegórico. La realidad, si es descabellada, llega a ser inasumible. La incapacidad de, no ya comprender, simplemente soportar tanta desdicha, tanta injusticia inconcebible, desemboca en la denigración, provoca la destrucción del orgullo, de la voluntad y de la personalidad, lleva a la consecución de los objetivos del enemigo.

La desesperación, la incredulidad son antinaturales; vano el ansia de explicación para el aberrante presente, de justificación para la prolija crueldad y la humillante hipocresía. La alternativa a la alienación, a la derrota, es la evasión.

"Una oración por Katerina Horovitzová" es una historia específica y verosímil que habla de víctimas y verdugos, que refleja la variedad de reacciones de aquéllos y la uniformidad de los comportamientos de éstos. Además es una sagaz y pedagógica sinécdoque, por medio de la cual Arnost Lustig ofrece un esclarecedor diagnóstico, una asequible explicación de dolorosa belleza y simbolismo elemental pero eficaz.

Todo se reducía a una cuestión económica. A partir de ahí surgió un guión, acompañado de una escenografía, un vestuario, un reparto artificiales. Un argumentario que no necesita ser cierto, siquiera lógico. Será irrebatible con ayuda de la fuerza y el terror. Todo para enmascarar la finalidad, arrebatarle a una parte de la población su patrimonio económico, minar su moral, vejarlo y, ya puestos, extinguirlo.