viernes, 10 de junio de 2011

"Todo lo que se llevó el diablo", de Javier Pérez Andújar

Bonito libro el que le ha quedado a Javier Pérez Andújar. Bonito y lleno de buenas intenciones, las del autor y las de sus protagonistas.

Buenos propósitos docentes los que se llevó ese diablo, la Guerra Civil, y bienintencionados aquellos republicanos idealistas e ingenuos que querían, y que creían que en poco tiempo podían, modernizar el país, pero que midieron mal sus fuerzas porque ingente era la tarea y demasiados los enemigos, poderosos los de enfrente y desleales los aliados.

Y buena voluntad la de Pérez Andújar al querer dejar constancia, nostálgica pero objetiva, de la existencia de las Misiones Pedagógicas y del contexto urbano en el que se conformaron y el rural en el que llevaron a cabo su tarea, mostrando para ello una gran variedad de tipos representativos de la sociedad del momento y siendo respetuoso con los personajes históricos que aparecen. Evidencia lo necesaria que era su labor, y lo inabarcable dada la escasez de medios, el boicoteo, el escepticismo de los beneficiarios y tal vez lo equivocado del planteamiento.

Nostálgico es el cariño rousseauniano con que son tratados los personajes. Como los maestros misioneros en su camión, Pérez Andújar reune en sus páginas lo mejor de la literatura y cinematografía española. Los personajes urbanos son caricaturizados, no con una crudeza esperpéntica que afectaría a la verosimilitud general de la obra, sino con la sutileza de Mihura o Tono, muy adecuada con la época. Las escenas del lobero y su peregrinaje hacia la Sierra de la Culebra recuerdan a Delibes o al Julio Llamazares de "Luna de lobos". Berlanga y su "La escopeta nacional" parecen inspirar el final del lobero y al alcalde cuando dice "porque aquí no me sale de los cojones que pase nada, ni bueno, ni malo" al estilo del mítico "lo que he unido yo en la Tierra no lo separa ni Dios en el Cielo" de Agustín González. Incluso los cuentos, la tradición oral y las leyendas locales están representadas por algún personaje y sus extravagantes vivencias.

También se puede ver algo de Javier Cercas y de "Soldados de Salamina" en esas idas y vueltas del pasado a un presente más o menos cercano, que en este caso resultan innecesarias y que sólo responden a ese afán instructivo que en algunos momentos deriva en enciclopédico y supera a lo literario, por el cual es imprescindible introducir la mayor cantidad posible de información sobre aquel tiempo a costa de la credibilidad de algunos diálogos.

"Todo lo que se llevó el diablo" ha quedado bonita, deja buen recuerdo, pero es un poco blanda. Puede ser el complemento amable de la irreverente "Fabulosas narraciones por historias" de Antonio Orejudo y la maravillosa "La noche feroz" de Ricardo Menéndez Salmón.

Sinopsis y notas biográficas

sábado, 4 de junio de 2011

"Norte", de Edmundo Paz Soldán

Mi hermano me regaló este libro la pasada Semana Santa. Un regalo de Reyes atrasado. Si me hubiera preguntado le habría dicho que algo de Robertson Davies o la penúltima de John Connolly, pero a él le gusta hurgar en las letras sudamericanas a ver qué encuentra. Resultó ser un buen regalo.

Salvo por Javier Calvo, no soy seguidor de Editorial Mondadori, y no tenía noticia de Edmundo Paz Soldán. Encantado de conocerle, ¿dice usted que es de... Bolivia? Ah, pues no lo parece. Quien quiera acercarse a la literatura boliviana para, por medio de ella, conocer ese país y cómo se vive allí, de nada le servirá esta obra. Son otras sus pretensiones, mira hacia el "Norte", hacia donde miran muchos en ese continente, y quiere ser testimonio de lo que puedes encontrar si llegas a allí.

Una frontera, dos mundos, tres historias, cuatro protagonistas (tres y pico siendo más precisos, pero no queda igual) son los elementos que utiliza.

Una frontera, la que separa a los Estados Unidos de América de México.

Dos mundos. El idealizado, y por ello deseado, primer mundo. El norte, un mundo muy duro con los que llegan del sur, a los que no quiere pero utiliza. El otro, la mayor parte del resto del continente americano, ante ese trato y el choque cultural es añorado.

Tres historias creíbles, sólidamente construidas y bien contadas, cada una con un tono diferente, demostraciones de que en el norte se puede estudiar becado, existen el amor y las drogas, hay más trabajo, los trastornados son ingresados en psiquiátricos, y se aplica la ley a aquéllos que cruzan la línea para robar coches o entrar en casas y matar a las personas que las habitan. Y cuatro personajes perfectamente descritos, algunos cimentados en existencias reales libremente interpretadas, lo cual no resta mérito sino que manifiesta un eficaz uso de materiales potencialmente valiosos. Sus vidas están tenuemente unidas por el arte, los trenes, un programa de radio, unas cartas, la locura, la infelicidad y se cruzan puntualmente en la red ferroviaria, un dibujo, una exposición, una detención y una ejecución.

Por medio de todo esto el autor avisa que la vida no tiene porqué ser mejor en el norte. Tal vez haya más oportunidades pero las mismas posibilidades de ser infeliz. El amor no está asegurado, los desengaños también duelen, las drogas hacen el mismo daño, el trabajo no está garantizado y menos el deseado, hay que ser mentalmente fuerte para que el desarraigo no conduzca a la locura y es un lugar igual de inseguro, en el que se roba, se mata y se puede morir.

Y lo hace mediante una exposición objetiva, legitimada por la base real, carente de cualquier juicio ético o intención moralizante. El resultado queda frío, preciso, acertado, muy equilibrado y trabajado, pero falto de compromiso y pasión. Las historias finalizan por orden de interés y, tal vez por ello, el epílogo es innecesario.  

Más información sobre: Edmundo Paz Soldán

martes, 31 de mayo de 2011

"Velocidad de los jardines", de Eloy Tizón

En alguna pretenciosa entrevista a Eduardo Mendoza o Vargas Llosa surge el tema del fin de la novela. Nunca he visto que se plantee el más lógico asunto del fin no ya del cuento, un concepto caduco, sino del relato corto, cuestión más pertinente por cuanto es un territorio completamente explorado, cartografiado y delimitado por cuatro puntos cardinales, Poe, Chéjov, Borges y Cortázar. Después de ellos se puede intentar alcanzar su nivel pero no parece posible escapar a su influencia. Únicamente poetas como el brillante Felipe Benítez Reyes, magistral en la narrativa breve pero extraviado en la novela, son novedosos, frescos  e interesantes. Eloy Tizón y su "Velocidad de los jardines" confirman esta opinión. Hay que bordear la poesía o desde ésta asomarse al relato corto para que, de esta mezcla, surja algo nuevo, magnífico, no perfecto pero con un nivel medio muy alto.

Buscando "Labia" o "Seda salvaje" me encontré y conformé con estos once relatos escritos hace prácticamente veinte años, y que Editorial Anagrama ya sólo publica en su colección "Compactos". La elegancia, profundidad y consistencia de este libro le hace aspirante a perdurar en el tiempo, a vencer al olvido, a ganarse el favor de la memoria y que ésta le otorgue inmortalidad. Para ello habla precisamente de eso, de los recuerdos, de lo que quedará, de lo que nos sobrevivirá. Y se sirve de sobrios personajes, solitarios o desencontrados, cuyas vidas dejarán efímera huella que el autor reivindica.

Esta colección de relatos respeta una sutil unidad ambiental, temática y formal que, a la vez, evoluciona uniformemente de tal modo que el primero y el último son totalmente distintos. El primero, presentación y declaración de intenciones, es un poema. Las frases son más versos que oraciones. Las imágenes propuestas son hermosas, interesantes y evocadoras, pero demasiado abstractas para la prosa. La narrativa de la vida se pierde con el paso del tiempo. La memoria, los recuerdos quedan reducidos a imágenes, perdiéndose el argumento.Y sin narración no hay prosa, hay poesía.

A partir de ahí los textos mudan de una abstracción poética hacia relatos más convencionales. Es un proceso inverso al de nuestra existencia, un intento de recuperación y lucha contracorriente perdida ante el paso del tiempo. Similar cambio se da en la localización temporal, que va de ambiguas referencias a claras pistas para situar en el tiempo las historias.

En esta evolución, "Villa Borghese" es el punto medio en el que se da el equilibrio perfecto entre poesía y prosa. Un relato elegante y evocador, donde aparece Chéjov revisado y actualizado. Hasta ese momento lo leído era novedad. En adelante se recupera el control, se posan los pies en un mundo reconocible. "Austin", "Familia, desierto, teatro, casa" o "En cualquier del atlas" son relatos interesantes pero irremediablemente se percibe la presencia de los dos argentinos, del ciego y del francés. Sólo falta a la cita Poe.

A esas alturas poco importa que se vean algunas calvas. La sensación general es tan grata por lo anterior que parece lógico que "Velocidad de los jardines" sea merecedor de ser incluido en listas de libros más importantes de los últimos 25 años, y Eloy Tizón considerado, por ésta y sus otras obras, uno de los autores con más futuro.

lunes, 23 de mayo de 2011

"Vicio propio", de Thomas Pynchon.

Hay dos escritores americanos muy considerados por la crítica, con ese atractivo aire de autor de culto y para minorías, por los que sentía curiosidad. Sus libros son difíciles de encontrar en el mercado de segunda mano, y los que aparecen lo hacen a precios altos. Eso servía de excusa, porque la curiosidad estaba mezclada con el temor. Temor a no entenderlos y sentirte estúpido, o a que  sencillamente no te gusten o te aburran y, por ello, sentirte poco profundo.

T. Coraghessan Boyle y Thomas Pynchon.

El mes que viene prometo enfrentarme con el primero. Ahora es el momento del segundo.

Thomas Pynchon, al estilo de J. D. Salinger, es un escritor misterioso, del que se tiene muy poca información personal, que, por la razón que sea, protege su vida privada de los medios de comunicación, y cuya literatura, muy celebrada, es calificada de densa, compleja, dispersa... Atractiva y disuasoria. Obras como "Mason y Dixon", "Arco Iris de gravedad" o la penúltima "Contraluz", todas con más de mil páginas, eran montañas demasiado altas para escalarlas sin un entrenamiento previo. Este año Tusquets Editores ha publicado "Vicio propio", una novela de género negro, más accesible para un lector medio y con un tamaño que no asusta.

La primera regla entre drogatas es no meterle un alucinógeno a alguien si avisarle. Palabras del protagonista. Quien lea "Vicio propio" sabe que, más o menos en esencia, va a leer a Thomas Pynchon con todo lo que ello supone. Y lo que él ofrece es un viaje nostálgico a una época inocente y lúdica, que parece regida por unas sutilmente diferentes leyes físicas, psíquicas, por supuesto las químicas, e incluso las que gobiernan el continuo espacio-tiempo.

También las normas lingüísticas son distintas, lo suficientemente similares a las nuestras para sean comprensibles, pero cuyo resultado son unos diálogos brillantes, reales, inteligentes, eficaces y con un gran sentido sentido del humor que provoca alguna carcajada. Y eso a pesar de que, con la traducción, pierdan eficacia los juegos de palabras o de la diferencia cultural, y la consiguiente pérdida de información proporcionada por las continuas referencias musicales, reales o apócrifas, a personajes, acontecimientos o a modelos de vehículos.

En este mundo post-Charles Manson y sus chicas únicamente hay un detective al que acuden tanto ex amantes como desconocidos, tanto la policía como los federales o amantes fiscales en busca de ayuda o información. Un detective que no se sabe cómo sobrevive porque nadie le paga y a nadie cobra, lo cual no tiene importancia porque todo, menos la droga, se adquiere en mercadillos callejeros de saldos y liquidaciones.

Con la excusa de la búsqueda de no me preguntes cuántas personas se inicia lo que es fundamentalmente una experiencia literaria que, como cualquier viaje alucinógeno, puede ser un buen o mal viaje, depende de quien lo haga. Dos libros y una película me han venido a la memoria mientras leía este libro. La película es "Harper, investigador privado", por su millonario desaparecido, por Pamela Tiffin en bikini bailando en el trampolín y por su sacerdote de una religión de nueva creación con un templo en forma de cúpula construido arriba en las colinas con el dinero de millonarios incautos. Los libros son "El martillo azul", de Ross MacDonald, por su estructura clásica de novela negra con investigador privado y cuyo detective Lew Archer es el origen de Harper, y "El manuscrito encontrado en Zaragoza", de Jan Potocki, no sé muy bien porqué.

 Entre la niebla contaminante de la ciudad y los humos de canutos y cigarrillos mentolados, van apareciendo una serie de personajes peculiares y estrambóticos, todos tratados con cariño y simpatía. Pero, junto con la marihuana, una religión o cultura con sus ceremonias, rituales, normas y secuelas, los verdaderos protagonistas que envuelven e impregnan este universo de playas y paseos marítimos, surf y música, sexo y drogas, minifaldas y parkas militares, corrupción policial y abuso federal, coches y harleys, bares y apartamentos con vistas a los amaneceres sobre las colinas o a los ocasos sobre el mar, son la paranoia y las sospechas de conspiración que supuran tanto ciudadanos como fuerzas de orden. Son los vicios propios de aquella sociedad.

Y cuando cunde el desasosiego porque este viaje circular y repetitivo parece no llevar a ningún sitio, de alguna forma, de acuerdo con alguna onírica lógica, las cosas van encajando en su sitio y todos los frentes abiertos se cierran.

Son certeros los que hablan y escriben sobre Thomas Pynchon. No es fácil, pero es muy bueno. Es una obra exigente, que reclama tesón al lector, pero no hay que tenerle miedo, merece la pena el esfuerzo. Se ha de probarlo todo y, como su lectura ha sido un disfrute y un placer, después de este viaje estoy dispuesto a degustar y saborear cosas más duras de este autor.
Más información sobre: "Vicio propio" y Thomas Pynchon