sábado, 13 de agosto de 2011

"Un día me esperaba a mí mismo", de Miguel Ángel Ortiz Albero

Ante el primer volumen publicado por una pequeña y nueva editorial, Jekill & Jill Editores, la querencia es ser benévolo y condescendiente. Y esa era por supuesto mi intención, más si son mañicos. No ha sido necesario.

"Un día me esperaba a mí mismo" es un gran libro. Sólido, profundo, elaborado, muy original en su planteamiento y doblemente eficaz, tanto por su estructura, planteada como una compilación documentada de recuerdos y testimonios, como por su contenido.

Un libro refinado, por fuera y, fundamentalmente, por dentro; que habla de amor y de poesía, del amor por la poesía, mas también de muchas otras cosas, de la amistad, de las ganas de vivir, de la guerra, del arrojo, de la resignación y del fin de una época, de la pérdida de la inocencia que para la humanidad supuso la Gran Guerra.

Miguel Ángel Ortiz Albero pone en boca de Guillaume  Apollinaire sus propios versos, creando una figura mítica con un habla hermoso y épico. Y con esta naturalidad conviven prosa y una poesía comprensible al estar integrada en el contexto, con lo que resulta una forma provechosa de acercarse e interesarse por el personaje real y su obra.

Una poesía amplia que abarca diversos temas, según las necesidades, agrupados en dos fundamentales, el amor y la guerra, y que evoluciona. "Ese ritmo, que marcaban antes las calles y los barrios de París, sus casas y sus sótanos, era ahora el ritmo de las detonaciones, las esquirlas y el zumbido de las balas, el de las ramas tronchadas y el silencio de los ramales". (página 74-75)

Los poemas amorosos, en algunos casos explícitamente sexuales, son el instrumento para mantener la cordura o la demostración de que definitivamente se ha enloquecido de deseo, el mecanismo para evadirse o para anclarse a la realidad y recordar porqué se está luchando. Los poemas de guerra comprenden materias como el compañerismo, la valentía, el heroísmo o el horizonte, como esperanza o como destino final.

Y todo en un marco narrativo sobrio e impecable, que describe la candidez de la sociedad previa a la contienda, los inhumanos campos de batalla, un mundo donde las brújulas no indican el norte y los mapas señalan lugares que ya no existen, y la enumeración de los elementos sociales intervinientes, incluso los que alientan, manejan y se benefician, los que tienen tratos con cualquiera sin casarse con nadie y que no eluden los sacrificios pero se avergüenzan de las consecuencias. La prosa además demuestra que el amor  desaparece por causas físicas, que el desamor puede ser diagnosticado como secuela.

Es cierto que este texto tiene difícil de ubicación en las líneas editoriales de las grandes editoriales, también de las pequeñas, que sólo encuentra acogida en una valiente minúscula aventura. Y lamentable e injusto es que, por esto, pese a tener una calidad superior a la inmensa mayoría de lo que se publica está condenado a pasar desapercibido.

Por último, por ser puntilloso, señalar una ridícula incongruencia. Al comienzo del párrafo 145 (pág 106) se indica que la herida se produjo el 17 de marzo mientras leía el último ejemplar del Mercure de France, que como se dice en el párrafo 147 (pág 108), es de fecha 16 de marzo. Eso no concuerda con lo señalado en el párrafo 160 (pág 116), cuando el narrador recuerda al poeta con ese ejemplar "un par de días antes del estallido y de la herida" en la mano y cómo se lo leyó.

miércoles, 20 de julio de 2011

"La nueva taxidermia", de Mercedes Cebrián


"La nueva taxidermia" es como su portada. Lo que ven fuera es lo que van a encontrar dentro. Si es de su gusto el exterior les satisfará lo qué cuenta y cómo lo cuenta Mercedes Cebrián.

A mí me gustó la portada y por eso lo compré. Me gustó la preocupación por el diseño, la alusión a la moda, el aire vintage y algo chic, con una pizca de humor, y evocador de los recortables infantiles. Todo eso lo hay también en el interior: Inteligencia, gusto, elegancia y equilibrio.

"La nueva taxidermia" consta de dos, como la Editorial Mondadori publicita, nouvelles, término que remarca que son algo más que dos relatos, tanto por su longitud como por la profundidad y densidad de su contenido. Ambos textos tratan cómo las personas se enfrentan al medio que les disgusta o les inquieta, y la estrategia adoptada para resolver la cuestión es distinta en cada historia, en un caso modificar y alterar ese entorno y, en el otro, fabricar los útiles necesarios para defenderse y comunicarse.

Pero hay mucho más. Mercedes Cebrián aprovecha para evidenciar y ridiculizar la sociedad y cultura actual, a lo peor demasiado actual y focalizada en un instante concreto, la cual es revisada de arriba a abajo, desde aspectos generales como las relaciones personales, la incomunicación o la soledad, hasta cuestiones más concretas y materiales, el sometimiento al consumo, las modas y el diseño, conceptos que debidamente combinados dan lugar a las tendencias, las perfectas herramientas para una manipulación indolora.

Y todo eso lo hace con un pleno dominio del lenguaje y la sintaxis que le permite controlar el tono adecuado en cada momento, mordaz, reflexivo, frívolo o nostálgico, y dosificar el mensaje.

El resultado son "Qué inmortal he sido" y "Voz de dar malas noticias", unos textos amenos y fluidos, con unas descripciones agudas, sutilmente irónicas o abiertamente crueles que recuerdan a otro autor de la casa, el Javier Calvo de "Mundo maravilloso" y, en menor medida, de "Corona de flores". Cierto que éste es más exagerado, pero utiliza referencias más obvias o clásicas, que soportan el paso del tiempo, a diferencia de Mercedes Cebrián, cuyas imágenes tienen pleno sentido para una generación, pero su significado y connotaciones se perderán para las siguientes o no son ya completamente comprendidas por las anteriores, por ejemplo lo relativo al sistema educativo de los ochenta o a unos gustos decorativos muy concretos.

El tiempo dará o quitará razones. Yo, que comparto promoción con Mercedes, he disfrutado con la lectura.

miércoles, 13 de julio de 2011

"Claus y Lucas", de Agota Kristof


Agota Kristof es una escritora de origen húngaro, país del cual escapó junto con su marido e hija recién nacida a los veintiún años, en 1956.

Y mucho de ella hay en esta admirable e impactante obra, profunda y, a la vez, de muy fácil lectura.

"Claus y Lucas" reúne en un volumen tres textos publicados inicialmente por separado. Y el resultado es algo más grande y pleno de sentido.

Leídos individualmente, "El gran cuaderno" es un sorprendente y muy interesante cuento cruel y amoral sobre la guerra y los efectos en las personas, una colección de ejercicios de redacción escolares que sin necesidad de juicios morales, simplemente con una sintaxis elemental y un vocabulario preciso y objetivo evidencia el relativismo, la hipocresía, crueldad y deshonestidad de una sociedad sometida a una situación extrema.

"La prueba" sería un meritorio y convencional retrato de un pueblo que, sin poder recuperarse de la pérdida de valores que produjo la guerra, es sometido al absolutismo comunista que embota los sentimientos y afanes individuales. 

Sin referencias previas "La tercera mentira" no tendría sentido, la fuerza de las metáforas se diluiría, la delicada demostración de cómo la literatura se nutre de la realidad en el proceso creativo se perdería, y tal vez únicamente se entendería el papel del arte como medio de evadirse de una realidad insoportable. Su razón de ser es completar, explicar y rematar lo anterior.

Los tres textos forman una unidad. Y así deben ser leídos, conjuntamente y en orden, para que se puedan comprender plenamente el sentido y todas las intenciones de la obra, la profundidad de sus significados, y apreciar una estructura que evoluciona y agranda, se enreda y enriquece, con cambios de puntos de vista, saltos temporales y alternancias entre sueño y realidad.

Una explicación de porqué se publicaron a medida que iban siendo escritos sería que esta historia fuera creciendo y obsesionando a la autora, que los personajes la persiguieran reclamando y exigiendo que viera las posibilidades y aprovechara para saldar cuentas propias. Y el fruto de esta lenta decantación es una novela sencilla, hermosa en su brutalidad e impiedad, abierta a interpretaciones y que denuncia las injusticias que se han cometido en Europa en buena parte del siglo XX.

Más información sobre: "Claus y Lucas" y Agota Kristof

miércoles, 6 de julio de 2011

"No es elegante matar a una mujer descalza", de Raúl del Pozo


La Barcelona del siglo XX ha sido escenario de más novelas que Madrid. Si no de más sí de mejores. Barcelona es un personaje más complejo y atractivo, sobre todo como decorado para una novela negra. Como excepcional (no de bueno, sino de escaso) ejemplo de novelas policíacas con Madrid de marco, en algún sitio se citaban las "inencontrables" novelas de Raúl del Pozo. No se ha perdido nada irreemplazable.

"No es elegante matar a una mujer descalza" es poco más que el fruto de una apuesta o sugerencia arrojada por un amigo editor, o el meritorio trabajo final de un taller literario. Una novelita, pequeña no por su calidad literaria sino por sus pretensiones, no tanto por el resultado como por su concepción. Bien escrita, es una idea sencilla, básica, poco trabajada y esquemáticamente desarrollada, agarrotadamente ortodoxa y rigurosamente fiel a las reglas del género, sin errores pero tampoco aportando alguna novedad.

Sí se ve esfuerzo en presentar unos personajes, arquetípicos y nada originales, pero bien definidos y lamentablemente dilapidados. A partir de ahí, vueltas y vueltas a una historia simple hasta lo ridículo que únicamente cuenta con dos elementos particulares, la distancia temporal entre la comisión del delito y su descubrimiento, excusa fallida para revisar un momento fundamental de nuestra historia reciente, y las peculiares circunstancias en las que es encontrada la víctima, las cuales van a tener una explicación vulgar.

Aparte de esto, el argumento no tiene interés ni mérito. Marear la perdiz, sirviéndose de alguna trampa, durante unas ciento cincuenta páginas para retrasar una resolución que se hubiera logrado con sólo agilizar un par de trámites policiales.

Si la historia no justifica el empeño de escribir, y menos aún el ánimo de leer, sólo quedan dos motivos, lograr un ejercicio literario de calidad que pueda ser disfrutado y ser reflejo de una época relevante e ilustración de una ciudad. Sobre lo primero, destaca la precisión y austeridad de Raúl del Pozo, y su disposición a homenajear el argot judicial y policial.

En cuanto a la relevancia de "No es elegante matar a una mujer descalza" como testimonio de la Transición, lo que debería ser su mayor mérito se queda en oportunidad desperdiciada. Veinte años después, todo se reduce a una enumeración de recuerdos, apenas pinceladas, impresiones manidas sin ninguna profundidad.

Y doblemente desaprovechada queda Madrid, apenas esbozada en los dos momentos en los que transcurre el relato. Esto no puede ser un ejemplo de novela sobre Madrid.