sábado, 16 de junio de 2012

"Los amigos de Eddie Coyle", de George V. Higgins

Ya se ha hablado, respecto a Elmore Leonard, de un discípulo, Charlie Huston, ahora toca considerar a uno de sus maestros, George V. Higgins.

Hemos visto sobre quién ha influido, observemos quién ha sido su influencia. Sabemos cuáles son las reglas que, en su opinión, debe cumplir toda novela negra, averigüemos de dónde las ha sacado.

Cualquier cosa que hayan oído o leído sobre "Los amigos de Eddie Coyle", unánimemente favorable y partidaria, es cierta. Y aquí no vamos a ser menos entusiastas.

Es una novela fundamental, paradigmática. Una referencia obligatoria, la palmaria demostración de que es posible una determinada actitud estética, y que dicha concepción puede ser o no compartida, pero necesariamente debe ser revelada, reconocida y respetada como opción.

"Los amigos de Eddie Coyle" es un elixir para sibaritas del género, un concentrado de novela negra, el resultado de una triple destilación que, tras más de cuarenta años en barrica de roble americano, mantiene pleno su sabor.

Ejemplo de pureza y sencillez, estructurada a base de conversaciones, es un guión en el que únicamente las secuencias del atraco y medio se desarrollan como planos secuencia que marcan el contrapunto, aliviando y refrescando la rigidez del andamiaje. Y es que el resto constituye una obra de teatro, una sucesión de escenas, introducidas por una elemental descripción de los decorados, previas a unos ingeniosos diálogos cruzados en los que unos hablan de otros y proporcionan la información que el lector ha de ir encajando.

Unos diálogos hiperrealistas en cuya difícil traducción Montserrat Gurgí y/o Hernán Sabaté se han visto, en momentos concretos, apurados. "A estas pistolas no pueden seguir el rastro" (página 6), equivocada. "Vinacho" (página 35), porteña y cacofónica. "Una escopeta de dos cañones que medía poco más de un palmo" (página 75), dudosa, muy dudosa.

George V. Higgins no tiene ninguna pretensión ética o didáctica alguna, salvo mostrar sin maniqueísmo una sociedad despiadada en la que la convivencia es un pulso continuo, una agotadora demostración de poderío disuasorio que permita sobrevivir. Un mundo desdibujado más allá de los escenarios, lo cual salvaguarda su vigencia y admite su traslación.

Los personajes son tipos duros, auténticas rocas unos, otros apenas de cartón piedra, amorales, algunos manifiestamente mezquinos, escuetos en sus gestos dentro de esta jungla en la cual la información es valiosa, preocupados por ocultarse, por protegerse mediante la delación y desgaste de los demás.

Pero todos, federales, policías, camareros, traficantes, ladrones, asesinos, mafiosos, soplones, hasta la piba, tan brava y más astuta que muchos, son sorprendentemente ocurrentes. Hablan igual, lo cual los condena a un perfil demasiado semejante, dado que sus palabras son el primordial testimonio de su carácter. Éste es un mal extendido, a la vez que uno de los encantos anhelados de esta casta de novelas.

Leídos alumno y maestro, sólo queda hablar algún día del eje entorno al cual gira este discurso. A ver si este verano hay un momento libre para Elmore Leonard. Encima de la mesa está esperando "Fulgor de muerte", en la edición de la mítica colección "Crimen & Cía", de Versal.

Más información sobre George V. Higgins y "Los amigos de Eddie Coyle".

domingo, 10 de junio de 2012

"No tengo miedo", de Niccolò Ammaniti


Pues yo sí que tengo miedo. De que una novela tan interesante como ésta pueda pasar, de nuevo, desapercibida.

Niccolò Ammaniti será lo que sea en Italia. Incluso, a lo mejor, en Europa.

Aquí, sencillamente es un autor, publicado en su día por Mondadori sin gran repercusión, en el que ahora se ha fijado Editorial Anagrama, o en el que le han dicho sus nuevos amici que se fije, y del cual va a editar, mejor dicho ya está en ello, sus dos últimas obras además de recuperar otras dos anteriores, es de suponer que las más celebradas.

Una de éstas es "No tengo miedo", y no creo que ni el Premio Viareggio que lo subtitula, el cual, seamos sinceros, suena bien pero no nos dice gran cosa, ni la portada, con lo que tiene toda la pinta de ser el fotograma de una película que no sé si se ha estrenado en España, sean atractivos suficientes para derrapar ante el escaparate de una librería.

Y sería una pena. "No tengo miedo" es un singular ejemplo de lobo feroz con piel de ameno cordero. Pero dicho cuero, agradable al tacto, tampoco levanta las pasiones necesarias para encender la mecha de un boca a boca, como quedó demostrado hace diez años.

Lo que arranca como un cándido y manido ejemplo de costumbrismo rural, un humilde émulo ítalo de Miguel Delibes que no iguala ni su maestría ni su sensibilidad, carente de la arqueológica riqueza de vocabulario, pero digno, humilde, sobrio, y respetado por una traducción austera e impecable por parte de Juan Manuel Salmerón, pronto evoluciona artero, sin descubrirse completamente, hacia una cruel novela de iniciación, de traumática y drástica pérdida de la inocencia.

Aparentemente, "No tengo miedo" es un eficaz cuento contemporáneo, nítido y sin complicaciones, que acepta y reinterpreta las reglas tradicionales del género, e integra actualizados todos los elementos característicos. Los personajes son representaciones de un abanico de caracteres reconocibles, humanos, ambiguos y complejos, reales. Los comportamientos queda demostrado que acarrean consecuencias. Hay una perceptible intención docente y, por supuesto, tras una dosificación de la información y un dominio de los tiempos, se cierra con una moraleja imprescindible.

Pero, como en todos los buenos cuentos, en los clásicos, hay mucho más. Y pistas para encontrarlo.

Contar la historia desde el punto de vista de un ingenuo y bienintencionado muchacho de nueve años es el recurso del que se sirve Niccolò Ammaniti para utilizar su perplejidad como justificación congruente de los cabos que quedan sin atar. Y todas esas cuestiones sin respuesta expresa son la demostración, no de la posibilidad, sino de la necesidad, de la obligación de inquirir en el texto, ahondando para desentrañar la inspirada denuncia de derrumbe moral y de ruina social que contiene, amoldada al ámbito local mas perfectamente extrapolable.

Lo dicho, muy recomendable la lectura de este relato perturbador, incisivo y pedagógico que procura una lectura sencilla, muy grata a la vez que reflexiva. Ejemplo de excepción que confirma la regla: Una segunda oportunidad que, en mi caso particular, sí ha resultado buena.    

Más información sobre Niccolò Ammaniti y "No tengo miedo".

lunes, 4 de junio de 2012

"El jardín colgante", de Javier Calvo.

Cuánto añoro a Felipe Benítez Reyes. A la espera de una novedad suya en prosa, me vengo conformando con Javier Calvo.

Algo hay en él, intangible y difícilmente explicable, que me hace pensar que su sitio no estaba en Mondadori, menos en Seix Barral, sino en Tusquets junto a "Juegos de la edad tardía", a la cual las primeras páginas de "El jardín colgante" evocan.

Lo mismo que lo hace merecedor, en mi particular dieta, de la condición de suplente del nostálgico mago de las palabras gaditano. 

A primera vista puede parecer que poco tienen en común. Uno es un poeta, el otro un tipo con sentido común. No es que sean condiciones excluyente o incompatibles, es más bien que Felipe Benítez Reyes destaca por su sensibilidad y la brillantez de las imágenes que propone, mientras Javier Calvo posee un estilo eficaz y relativamente sobrio, en el que sobresale la incontestable sensatez de sus símiles.

Uno es temerario, el otro práctico. Uno escribe como desearía hacerlo yo, el otro escribe lo que me gusta leer. 

El hecho de compararlos ya los vincula. Pero no es argumento suficiente. El nexo principal está en la compartida atmósfera que busco, y encuentro, en los libros de ambos. Un sutil ambiente de frivolidad e intrascendencia, una tenue y saludable propensión al esparcimiento, producto de una concepción del oficio como juego, espectáculo o entretenimiento, que se refleja en una superficial y aparente trivialidad, y en unos personajes premeditadamente dibujados con un puñado de nostalgia y afecto para que sean reconocibles y aceptados.

El inofensivo aspecto del entorno y los comediantes permite introducir soterradas reflexiones trascendentales o, centrándonos ya en el  "El jardín colgante" , transmitir la furia e indignación que últimamente han germinado en Javier Calvo. Un enfado y un dolor que no se perciben, al menos con esta intensidad, ni en "Mundo maravilloso" ni en "Corona de flores", o no trascienden tan manifiestamente como el cinismo y escepticismo que supuran las páginas recién leídas.

Javier Calvo mantiene su estilo ameno, demuestra el dominio del lenguaje y del ritmo, y nos ofrece una lectura grata y asequible a cambio de tolerar solidarios su cara más descreída y audaz. Esta vez, preocupado por mantener el control y la calma, para hablar de nuestra desastrosa situación y de la hipocresía imperante, se distancia hasta el reciente pasado de la Transición y aprovecha, matando dos pájaros de un tiro, para exponer las vergüenzas comunes, los vicios y lacras endémicos.

Sin embargo, algo más tienen en común Felipe Benítez Reyes y Javier Calvo. Sus obras son irregulares. Mucho más las del lírico, quien, que cuando se adentra en los reinos de la prosa, evidencia que únicamente está cómodo si ha de recorrer distancias cortas. Cuando se ha aventurado a travesías más largas, se extravió por caminos literarios sucesión de momentos cumbres y abúlicos valles, incapaz de desarrollar un relato sostenido, de imaginar una historia ponderada.

Menos grave es el caso de Javier Calvo. Sus faenas son lucidas, artísticas tanto con el capote como con la muleta, las tandas son largas y ligadas con ambas manos, pero, tanto en "Mundo maravilloso" como en "Corona de flores" los toros fueron arrastrados sin desorejar por culpa de la espada. En "El jardín colgante" la estocada es mejor, hasta la bola y, aparentemente, en todo lo alto, aunque un poco tendida, colocada sin arriesgar, con profesionalidad pero cómodo, sin acabar de transmitir.

No es el único con ese problema.

Más información sobre Javier Calvo y "El jardín colgante".

martes, 29 de mayo de 2012

"El cielo es azul, la tierra blanca", de Hiromi Kawakami.


Aparte de Stefan Zweig, cuya recuperación es una tarea que debe de estar a punto de concluir, llevo tiempo sin encontrar nada que me interese entre las más recientes proposiciones de Editorial Acantilado.

Lo último que leí debió ser "Fin", y soy de aquéllos a los que les gustó porque le encontramos una explicación, pero también de los que reconocen sus manifiestas imperfecciones, cierta candidez en sus intenciones, y lo exagerados que fueron algunos comentarios, de un tipo y de otro. Ni tanto ni tan calvo. A quien lo comparaba con "El Jarama" le recomiendo que las relea para comprobar que David Monteagudo está todavía lejos de igualar la precisión, no exenta de elegancia, de las descripciones de Sánchez Ferlosio, no digo ya nada de la perfección de sus diálogos.

Al no ver nada apetecible, tengo que retroceder un par de años largos, casi tres, en su catálogo, aprovechando que no hace un mes, en El Jueves, un mercadillo que se monta todas las semanas ese día en Sevilla, compré por un par de euros "El cielo es azul, la tierra blanca", libro sobre el cual recordaba que Ángeles Caso había dicho que le parecía una de las historias de amor más bellas que había leído.

No es que yo sea muy partidario de las historias de amor, todo lo contrario, ni que considere a mi paisana un criterio de autoridad. Ni a ella ni a nadie, que solito me basto para errar. Únicamente digo que me quedé con la copla. Que estoy agradecido.

"El cielo es azul, la tierra blanca" es un ejemplo perfecto de la cultura japonesa. Es, como lo que conocemos llegado de allí, su caligrafía y pintura, su jardinería o los arreglos florales, su arquitectura tradicional y la decoración interior, sus religiones y ceremonias, puro concepto.  

Los japoneses aportan a las artes una concepción económica de la belleza y la elegancia ajenas para Occidente. Tratan de transmitir la mayor cantidad posible de significado de la forma más sencilla, reduciendo los símbolos al menor tamaño con capacidad, eficacia y resistencia suficiente.

Del ahorro nos beneficiamos los contempladores de sus obras, a los cuales se nos facilita y procura el deleite. Los creadores, en cambio, nunca cicatean los esfuerzos. Es agotador el reto de optimizar los recursos, la preocupación por evitar lo accesorio y utilizar sólo las herramientas imprescindibles, o la obsesión por aprovechar cada elemento para comunicar, proporcionándole un sentido.

Y no solamente uno. Mayor es el rendimiento, más valioso el resultado, si cada palabra, ruido o silencio, si todo gesto, situación o postura, si hasta las descripciones de los objetos, escenarios y paisajes, o si el comportamiento del clima y de los animales es susceptible de varias interpretaciones.

En este caso, lo anterior se complementa con la narración de, como Ángeles Caso y el propio título dicen, una historia de amor. "Una historia de amor", esa apostilla, es una declaración de intenciones sobre lo elemental del proyecto, sobre la sencillez de la oferta. Y es otra muestra de reducción al mínimo de un concepto grande y hermoso, más rico y completo por cuanto está planteado desde el punto de vista de una mujer.
 
Con ello no confirmo, ni destaco el sexo de Hiromi Kawakami. Lo que quiero resaltar es que las mujeres viven la relación amorosa de una forma incomparablemente más compleja, atentas a los matices, sensibles a las sutilezas, afectadas, comprometidas y generosas.

De eso queda constancia en la obra. Así como, por omisión o contraposición, y en un segundo plano, también de la ceguera, cobardía y necedad con la que, normalmente, se manejan los hombres en estas circunstancias.

"El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor", no es ya una novedad. El ir por la duodécima edición es la prueba y, a la vez, un indicio de que probablemente su sitio esté en la estantería de los clásicos modernos. Distinción, profundidad y solidez son algunos atributos que justificarían dicha catalogación.