viernes, 4 de noviembre de 2011

"Las tres balas de Boris Bardin", de Milo J. Krmpotic´


La entrada anterior se cerró con una reivindicación en favor de las historias sencillas y humildes. La casualidad ha querido que la siguiente lectura sea un perfecto y conseguido ejemplo. Claro que la probabilidad ha sido adulterada, considerando la talla del ejemplar escogido.

En este otro extremo, en las antípodas del mismo grupo editorial, al amparo del pequeño y aparentemente residual sello Caballo de Troya, está "Las tres balas de Boris Bardin". El apellido no sé si será algún tipo de homenaje por parte de Milo J. Krmpotic´, pero seguro que no es un cifrado aviso de lo que hay en su interior. Poco que ver con el onírico, enigmático, minoritario y no suficientemente reconocido John Franklin Bardin.

Es éste un relato carente de todo subjetivismo, de cualquier concesión a la retórica, la reflexión, siquiera a la opinión. Es una historia pura, libre de adornos, desnuda. Es más incluso. Un concentrado, el resultado de sucesivas destilaciones, necesarias hasta lograr el elixir cuyos componentes son los fundamentales, básicos e imprescindibles.

Los ingredientes irrenunciables. El dolor y el placer, el sexo más explícito y una violencia descarnada; el amor y el odio, representados como amistad o miedo, como fraternidad o venganza, como soledad. Sentimientos simplemente expuestos, pero no explicados ni, por supuesto, maquillados o justificados.

Esa síntesis y concreción exige un compromiso al lector. No sólo el esfuerzo requerido a los no familiarizados con el dialecto platense, a los cuales se nos socorre con un incompleto glosario de argentinismos. También lo obliga a participar en la construcción de la historia. Se le proporcionan unos sólidos cimientos y una firme estructura, y se le permite al cliente que imagine y decida los acabados, que rellene los huecos, los comienzos y los finales, los antes y después, los precedentes y las consecuencias de un relato diáfano y lleno de posibilidades y preguntas, como la vida.

Como la vida, este cuento extenso y moderno está lleno de incomunicación, desconocimiento, de resquicios abiertos a la especulación, de dudas. Cual escultura de Pablo Gargallo, muestra el valor y la importancia de los huecos, de los vacíos, materializados en silencios y omisiones, en prudencia y concisión.

Todo ello está al servicio de, o fundamentado en, una propuesta estética legítima, la que escoge mostrar la vida con crudeza y el mayor realismo posible, sin ornato ni banda sonora. Sin juicios, no ya un narrador o director de escena.

La consecuencia que, a cambio, hay que asumir es que estos pequeños bocados no sacian. Pero, por coherencia con los pareceres propios, no se puede denunciar que la historia y los personajes estén malbaratados. Qué va. El gusto que deja es mucho más estimulante, avivando la especulación, la recreación de las escenas y la invención de distintas posibilidades y alternativas.

Sólo se añora alguna confirmación. Y, por supuesto, una secuela.

Sinopsis y un poco de información sobre Milo J. Krmpotic´ 

sábado, 29 de octubre de 2011

"Hotel DF", de Guillermo Fadanelli


Desesperan y acomplejan este tipo de novelas, tan arrogantes y evidentemente pretenciosas.

Desesperan por el agotador, continuado e infructuoso esfuerzo que exigen, es como nadar contra corriente, y acomplejan por la frustración con la que premian su lectura.

Hay que ser un genio para prescindir del argumento durante casi trescientas páginas y lograr que la cosa funcione. A la narrativa se le llama así por algo. El que fracasa en el intento queda como un osado inconsciente, y los que lo leen dudan si son más estúpidos por no comprender lo leído o por la voluntaria y consciente pérdida de tiempo. Ya que Guillermo Fadanelli no engaña.

Las sospechas se confirmarán. Por mucho que el desarrollo esté salpicado con gotas de agudeza, detalles de ingenio, granos de maíz que, cual pita caleyera, va picando el lector, quien alimenta con ellos su esperanza y justifica la tarea, éstos no son más que cebos que perpetúan el embeleco, y definitivamente se ratifica que lo propuesto al comienzo es lo mismo que se va a encontrar en el nudo y con lo que se corona el desenlace.

No escribe mal Guillermo Fadanelli. Todo lo contrario. "Hotel DF" está llena de pequeñas y repetidas muestras de talento. En la corta distancia es hábil, muy certero en sus observaciones, una avalancha de greguerías eficaces, brillantes, dignas de ser recordadas y citadas en ocasión propicia. Así logra que se prorrogue la esperanza.

El problema está cuando la unidad de medida se amplía. Entonces esas virtudes se envuelven en un código y una lógica particular y distinta, un lenguaje de signos privado, que constituyen un mundo errático, sin fronteras definidas, poblado por personajes desnudos, desollados, dados la vuelta como calcetines. La experiencia se convierte en un extenuante e incómodo paseo solitario a través de una espesa niebla con periódicos claros que permiten atisbar luces o reconocer espacios, rodeado de ruidos que a veces se interrumpen, consintiendo la comprensión de una palabra, frase o conversación.  

No es que no esté clara cuál es la intención y el objetivo del autor. Una explicación, las claves, el modelo, la aspiración están en las páginas 168 y 271. También se pueden encontrar algunas pistas en las reflexiones sobre el arte de las páginas 225 y 226. La duda se plantea ante un resultado tan confuso y farragoso.

Un collage, una mixtura a la que le falta un tronco que la vertebre y la sostenga, que ansía, sin necesidad de bastidor, y por eso se cae, conformar un retrato. De cerca se percibe buena mano en las pinceladas, una interesante elección de colores, pero al alejarse lo que se ve no es Lincoln, tampoco José Doroteo Arango Arámbula, que sería lo propio, o por lo menos Paulina Rubio. Si el propósito era mostrar un mural actual de Diego Rivera renacido, éste se queda incomprensible, cojo e incompleto. Hasta las grandes pinturas del mexicano tenían argumento y no sencillamente cuatro hilos conductores, cuatro señuelos que persigues inútilmente.


Son más eficaces obras sencillas, humildes, o aquellas que cuentan una historia y a partir de ella construyen un producto más complejo, con una simbología abierta y la posibilidad de varias interpretaciones, al menos una comprensible.


Más información sobre "Hotel DF" y Guillermo Fadanelli

sábado, 22 de octubre de 2011

"El ángel caído", de William Hjortsberg


De vuelta con el tema. En el extremo opuesto a las mencionadas en la anterior entrada está la que, sin duda, edita los ejemplares más cuidados, la más preocupada por la calidad de sus productos. Editorial Valdemar  compensa un nostálgico y minoritario catálogo no teniendo que pagar derechos de autor, y justifica sus precios con la oferta de unos objetos hermosos, y cotizados en el mercado de segunda mano.

Su labor es arqueología o ecología literaria. La mejor forma, en algún caso la única, de tener en la biblioteca determinados títulos, o de que sean lo suficientemente atractivos para estar en una biblioteca. Clásicos y otros que no llegan a tales, libros todos que deben ser leídos para saber de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí, literariamente hablando, y para descubrir, que sólo unos pocos se mantienen vigentes, más o menos reconocidos, que los grandes también escriben piezas menores, que hay obras más grandes que los autores que pusieron toda su genialidad en ellas, o que la mayoría fueron relevantes o populares en su momento pero apenas son ahora amenas curiosidades superadas.

Sea como sea, la propuesta es lo suficientemente amplia para que cada cual encuentre en él algún volumen ignorado que se ajuste a sus gustos y le sorprenda.

Publicada en 1978, "El ángel caído" es todavía joven para saber qué lugar ocupará en la historia. Probablemente nunca llegará a ser un clásico, entendido como una referencia o punto de partida a partir del  cual la literatura se desarrolla siguiendo un nuevo camino, pero sí, y eso explica su presencia en el índice de la colección "Gótica", una de esas deliciosas rarezas tan originales que constituyen por sí mismas un subgénero.

William Hjortsberg escribió una estupenda y ortodoxa novela negra, de ritmo vertiginoso y lectura fácil, con mucho diálogo afilado, descripciones breves y las reflexiones justas. En la que aparecen los personajes esperados, abogados engolados, secretarias neumáticas, taxistas sedientos de acción, maîtres arrogantes, músicos desencantados, policías escépticos, taquilleras aburridas, representantes de artistas felones, borrachos bien informados apostados en la barra del mismo bar, y millonarios sin escrúpulos con hijas consentidas. Por supuesto, también un detective sarcástico y tenaz. Todos ellos en ambientes de bares y locales de jazz llenos de humo, restaurantes franceses de moda y despachos pequeños con puertas de cristal esmerilado, un rótulo pintado en ellas y grandes mesas, que esconden botellas de bourbon en sus cajones.

Una novela que homenajea a Nueva York y aprovecha todos los escenarios que ésta proporciona, Central Park, el edifico Crhysler, el Waldorf, la Navidad en Times Square, los túneles del metro y sus estaciones abandonadas, la calle 42, los locales de jazz, Harlem, Broadway y el parque de atracciones de Coney Island.

Si esto se combina con transmutación de almas, ritos satánicos, vudú, misas negras, trucos de magia, sacrificios, pactos diabólicos y cartomancia, y se integra coherentemente el resultado es una historia única, sencilla y original.

William Hjortsberg  fue también el responsable del guión que dio lugar, ocho años más tarde, a la mítica película "El corazón del ángel" ("Angel heart") protagonizada por el ídolo caído Mickey Rourke y la deseada Lisa Bonet. Más allá de compartir un comienzo y una trama básica, hay diferencias entre la novela y la película, consecuencia unas de la necesidad de decorados más variados, vistosos y oportunos como los que proporciona Nueva Orleans, y otras, lógicas, del obligado uso de lenguajes, simbología y ritmos distintos.

la conclusión es que la novela es más sobria o académica, pero desarrolla y, sobre todo, explica mejor la historia. Porque mucho Robert de Niro pelando huevos duros, mucho Mickey Rourke sudoroso y con gafas ridículas y mucha Lisa Bonet lavándose el pelo con la camiseta mojada, pero por más que vi la película tres veces nunca entendí bien lo que hizo Johnny Favorite.

Más información sobre "El ángel caído" y William Hjortsberg

martes, 18 de octubre de 2011

"Las cinco muertes del barón airado", de Jorge Navarro


Comencemos con una denuncia. Le ha tocado a Seix Barral, ya que el libro se me deshace entre las manos. Esta editorial, al igual que Mondadori con su colección Roja & Negra, se ha unido al grupo que pretende que paguemos a precio de libro cosido libros encolados. Esta protesta estaba reservada para cuando me topara con la colección de novela negra de RBA, el caso más escandaloso porque, si Seix Barral ahorra además en cola, la otra lo hace en papel ofreciendo unos ejemplares mínimamente más grandes que los de bolsillo. Hay más editoriales, pero su humildad y la necesidad de austeridad les absuelve; sólo me quejo de las que tienen un prestigio y una capacidad de venta que hacen esta política vergonzosa.

Para una vez que creo entender el significado de las citas con las que los autores suelen adornar, como prólogo, sus obras, no voy a perder la oportunidad, porque en el caso de "Las cinco muertes del barón airado" son ilustrativas.

La primera, de Soledad Puértolas, es una advertencia de lo que uno va a encontrar; la combinación de realidad y ficción, la amalgama de acontecimientos históricos y fabulosos, la mezcla de personajes inventados y reales, la atribución a éstos de comportamientos, ideas y palabras ciertas o falaces, con la única intención de que el resultado sea plausible. Objetivo conseguido.

Jorge Navarro quería escribir una novela y lo ha hecho. Sabía que podía y lo ha demostrado. Una obra modesta, honrada, amena y nada pretenciosa en sus dos primeros tercios, y que evidencia mucho trabajo de hemeroteca y esfuerzo para recrear acertadamente un momento, su elenco, la geografía, los ambientes y las circunstancias sociales y políticas que lo conformaron.

La segunda cita, de Cristóbal Serra, es una muestra de inseguridad, una disculpa anticipada e innecesaria ante el temor de caer en el folletón. Si "En manos del diablo", de Anne Marie Garat, es un desbordante homenaje a dicho género, Jorge Navarro no puede evitarlo al situar su historia en una época en la que éste está en boga, al estructurar la trama necesariamente como un enredo, al trabajar con unos personajes inevitablemente tópicos que suenan a eso, y al dibujar con ironía sus pasiones y obsesiones, bordeando en algún momento la caricatura, pero a la vez contenido por el respeto al trabajar con figuras históricas.

Cuando lleva dos tercios escritos Jorge Navarro se da cuenta de que lo que está haciendo es meritorio pero no suficiente; necesita una justificación, encontrar o demostrar el sentido de su obra. Es entonces cuando la obra da un giro, se oscurece, la narración se adereza con una serie de reflexiones tanto existenciales como sociales, unas más obvias, pequeñas y huecas que las otras, y finalmente el autor no es capaz de cerrar la historia sino que la deja languidecer y apagarse. Y es consciente, a la vista de algunos argumentos (páginas 308 y 325), excusas más bien, aplicables válidamente al narrador y al autor.

"Las cinco muertes del barón airado" no es ni mucho menos una novela redonda. Es una novela entretenida que, no sabiendo a dónde ir, se cae en el último tramo. Tampoco es ambiciosa, simplemente tenía la ilusión de escribir y esto lo logra con algo más que dignidad, con eficacia incluso, en su mayor parte. El problema está más en la concepción que en la capacidad narrativa de Jorge Navarro. Por ahora prueba que cuando tenga una idea bien rematada nos ofrecerá un producto atractivo y de calidad. Algo se atisba.

Quiero cerrar con dos objeciones.

Página 120: "Gerbex prohibía a sus discípulos que se abstuvieran de coger los pinceles si no estaban satisfechos de lo que veían a lápiz". Prohibir que se abstenga alguien es lo mismo que exigir que se haga algo, y no creo que eso sea lo que Jorge Navarro quería decir en este caso.

Página 164: "Rita, que desde la muerte de su madre, le ayudaba a cuidar la finca y la casa rectoral, estaba caída en el suelo, desnuda...". ¿A quién ayudaba Rita? A su madre muerta no, por supuesto. Dando marcha atrás, al primero que nos encontramos es al barón. No veo al barón en la huerta o limpiándole la casa al cura. Tenemos que ir a la página anterior para entender que es a su padre, el masovero, a quien asiste. Me parece una interpretación muy amplia y discutible de la regla sobre el uso de los pronombres, con la que no estoy de acuerdo.

Más información sobre "Las cinco muertes del barón airado"